Este comienzo de año, por diferentes motivos, he estado ocupado con actividades fuera de lo habitual y he tenido un tiempo casi nulo para dedicarle al blog. La mayoría de las notas de historia de la Patagonia que tengo en marcha demandan una cantidad de horas de la que no dispongo por el momento, así que tuve que dejarlas descansar.
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| Imagen generada con Chat GPT |
El posteo de hoy tiene que ver con algo reciente, pero que terminó conectándose de manera inesperada con un texto que escribí hace mucho tiempo. Unas pocas semanas atrás terminé de leer El hombre ilustrado (The Illustrated Man), un libro de cuentos de ciencia ficción escritos por Ray Bradbury en 1951, que si bien no tiene la fama de Crónicas marcianas o Fahrenheit 451, es uno de los imprescindibles del mítico escritor de Illinois. Los cuentos tratan en su mayoría sobre la naturaleza de la humanidad, los dilemas tecnológicos y la psicología de la gente. Todo el libro se articula en torno a la figura del hombre ilustrado, un vagabundo que tiene su cuerpo enteramente cubierto de tatuajes animados que cuentan historias diferentes.
Entre todos estos cuentos está La última noche del mundo (The Last Night of the World), una historia simple, pero conmovedora, que impulsó esta nota. Un matrimonio despierta por la mañana y sabe, de manera inconsciente, que el mundo se va a acabar esa misma noche. No saben cómo, pero sí saben que se va a acabar y que no hay nada que puedan hacer. Más aún, parece ser que todo el mundo sabe que esa noche es la última, pero nadie reacciona de manera anormal. A diferencia de lo que se espera que suceda en una situación tan dramática, todo el mundo sigue con sus rutinas normales de trabajo, actividades domésticas, etc., sabiendo y aceptando que no va a haber un mañana. Es una historia con un final melancólico y sereno, donde el lector lamenta lo que va a ocurrir pero no deja de admirar la simpleza con que los protagonistas encaran su destino.
Ahora bien, ¿por qué les hablo de esta historia en esta ocasión? El mundo no parece acabarse aún, más allá de que está bastante complicado en varios aspectos. Bueno, ocurre que cuando leí esta historia, me acordé de que hace unos 13 años yo escribí una historia similar, muy cortita, sobre este mismo tema, y no pude evitar asombrarme por las similitudes. No pretendo compararme con el genio de Bradbury, el poeta de la ciencia ficción, sino simplemente compartir una de esas inesperadas simetrías que a veces suceden en la vida. La prosa de Bradbury es maravillosa, creo que cada párrafo de sus historias está escrito de la manera más bella posible, no se puede mejorar ni una coma. Mi relato es una pálida sombra, bastante tosca, pero trata de retratar la misma escena, vista desde la perspectiva de una sola persona. Pero bueno, me dejo de vueltas y les comparto este relato, que salió publicado en una compilación de la editorial Dunken titulada Gotas de Primavera, allá por 2014.
EL DÍA DEL FIN
El despertador sonó como siempre, distante y apagado al principio, cercano y molesto unos pocos segundos después. Leonardo extendió su mano de la misma manera que lo hacía todas las mañanas, tanteando la mesa de luz, hasta dar con el reloj y silenciarlo. Se quedó en la cama pensando en que tenía que levantarse para ir al trabajo, mientras su cuerpo le pedía justamente lo contrario. Después de unos minutos, la mente se impuso sobre los deseos del cuerpo y lo obligó a incorporarse. Se quedó sentado en el borde de la cama, con los pies en el suelo y las manos afirmándose al colchón. Miró a su alrededor y fijó la vista en la luz pálida de la mañana que se colaba por las rendijas de la persiana. Estaba viendo esos colores apagados de los minutos previos al amanecer cuando lo supo. No entendía cómo, ni porqué, simplemente lo supo. En su mente lo vio claramente, con la nitidez de las verdades absolutas, con la claridad de lo evidente e innegable. Mientras su mente dibujaba formas caprichosas con los puntos de luz, supo que ese día sería el Fin del Mundo. No lo podía creer, pero en su mente estaba bien claro: ese era el día que tantos adivinos, profetas, y locos habían pronosticado fallidamente a lo largo de los siglos, ese era el día en que el mundo iba a desaparecer, el día en que la especie humana pasaría a formar parte del extenso catalogo de especies que dominaron el planeta en los millones de años previos, y que un día desaparecieron dejando sólo fósiles y huellas grabadas en las rocas. No entendía cómo era que lo sabía, ni se imaginaba cómo iba a ocurrir, ni en que momento del día iba a suceder. Él, un simple empleado de un supermercado, se había percatado del suceso por el que miles de personas hubiesen, como mínimo, pagado fortunas incalculables con tal de enterarse con anticipación. No sabía si alguien más se había enterado, pero en lo profundo de su ser temía ser el único entre los millones del mundo que había tenido este privilegio. Ese día iba a ser el día del Fin del Mundo, con todos y cada uno de sus habitantes, y también el día donde finalizaría su propia vida, y cualquier cosa que hiciese sería intrascendente. Miró de reojo la mesa de luz y vio el periódico del día anterior. Lo agarró, se lo puso en el regazo y empezó a leer ayudado con la escasa luz que entraba por la ventana. Repasó la primera plana, dominada por titulares de noticias políticas y económicas. En el ángulo inferior derecho de la portada leyó el resumen de una noticia científica que estaba enmarcada por un pequeño recuadro:
“Los últimos estudios realizados sobre los simios demuestran que de continuar su desarrollo evolutivo sin influencias externas, podrían alcanzar el grado de inteligencia humana en tres millones de años”
Sonrió amargamente. Sí, esa sería la especie que heredaría el planeta que hoy iban a abandonar los seres humanos. Dejó el periódico en la mesa de luz, apagó el celular y se acostó de nuevo. Se tapó con las sábanas y cerró los ojos. Prefirió esperar el fin del mundo en su cama, descansando, soñando con todas las cosas que hizo, y con todas aquellas que nunca podría hacer.
FIN
Espero que les haya gustado, y espero también que lean a Bradbury, es uno de los imprescindibles del siglo XX. Es más, espero que sigan leyendo. Lean, lean y lean, es muy necesario en estos tiempos que corren.
Hasta la próxima.

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