El enigma antártico del San Telmo

En notas anteriores hemos visitado las frías aguas del Atlántico Sur para encontrarnos con historias de barcos tripulados por esqueletos, barcos atrapados en témpanos y misterios de similar índole. Hoy los invito a volver a surcar esas mismas aguas, pero esta vez para ir más al sur, a las inmediaciones del Círculo Polar Antártico, donde nos aguarda una historia, y un misterio, que comenzó hace mucho tiempo. Para ello, primero hay que retrasar el reloj y retroceder dos siglos, donde nos espera un grupo de barcos que está a punto de zarpar para encontrarse con su destino.


Acuarela del navío San Telmo, realizada por Alejo Berlinguero de la Marca Gallego. Actualmente se encuentra en el Museo Naval de Madrid. Fuente: Todo a Babor.


Las colonias desafían a la Metrópoli

Corría el año 1819 y el Imperio español atravesaba un momento crítico. Las guerras de independencia de las naciones americanas habían puesto en jaque a buena parte de sus dominios, obligando a reforzar constantemente las guarniciones y fuerzas navales sudamericanas. Para ese momento ya se habían independizado Argentina y Chile, y la amenaza recaía sobre Perú, por lo que la Corona organizó una escuadra destinada a reforzar las posiciones españolas esa región. Dicha escuadra transportaba 1.400 hombres y dinero para aliviar las exhaustas arcas virreinales. Sin embargo, debido a la compleja situación económica y militar de España, se aprestaron apenas cuatro barcos de diversas características:

- San Telmo: un veterano navío de 74 cañones, perteneciente a una serie de barcos conocida como los «Ildefonsinos», que había sido construido en Ferrol en 1788. Tenía 52 m de eslora, 14,5 m de manga, con aproximadamente 2.750 toneladas de desplazamiento y transportaba 644 hombres. A bordo iba el comandante de la escuadra, el brigadier Rosendo Porlier y Asteguieta, un criollo limeño que había combatido a los ingleses en Trafalgar, bajo las órdenes de Gravina. Acompañaba a Porlier, directamente al mando de los 644 hombres a bordo del San Telmo, Joaquín de Toledo y Parra, quien había combatido bajo las órdenes de Liniers durante la invasión inglesa al Río de la Plata en 1806.

- Alejandro I: otro barco de guerra de 74 cañones, botado en 1813 en Arcángel (Rusia), de la clase «Selafail». Tenía 54,3 m de eslora, 14,6 de manga y desplazaba unas 2.700 toneladas. Al momento de partir de España se encontraba en muy mal estado, a pesar de ser relativamente nuevo.

- Primorosa Mariana: fragata mercante que acompañaba como transporte. Estaba armada con 48 cañones.

- Prueba: navío de 48 cañones, construido en Ferrol en 1804. Estaba al mando de D. Melitón Pérez de Camino y estaba destinado específicamente a reforzar el apostadero naval de El Callao. 


Maqueta del San Telmo, expuesta en el Museo Naval de Madrid. Fuente: archivo personal, año 2022.

Un viaje donde todo sale mal

La escuadra partió de Cádiz el 11 de mayo de 1819, y sus problemas empezaron pronto. Al llegar a las costas de Brasil, poco después de cruzar el Ecuador (el 11 de junio), el Alejandro I comenzó a hacer agua y las bombas de achique no daban abasto (según algunas fuentes, también tenía problemas con su arboladura), por lo que debió regresar a Cádiz. Ese sería su único viaje, ya que al año siguiente sería enviado al arsenal, para ser desguazado. Las demás naves siguieron en dirección al Cabo de Hornos, donde a principios de septiembre fueron sorprendidas por un fortísimo temporal, para el cual no estaban preparadas. 

El San Telmo fue el que se llevó la peor parte, sufriendo averías en el timón, el tajamar y la verga mayor. De acuerdo a los testimonios escritos de la época, los tripulantes de la fragata Primorosa Mariana trataron, infructuosamente, de prestarle auxilio, perdiendo contacto el 2 de septiembre de 1819 en las coordenadas 62º sur y 70º oeste (respecto de Cádiz, unos 6º de diferencia de longitud respecto de Greenwich). El temporal acabó dispersando la escuadra, llevando al San Telmo cada vez más al sur. La Primorosa Mariana entró al puerto de El Callao el 9 de octubre, mientras que la Prueba continuó hasta Guayaquil, debido a la presencia de buques enemigos frente al puerto limeño y por no estar apta para el combate, puesto que también había perdido la verga mayor durante el temporal en el Cabo de Hornos. La Prueba volvería poco después a España, tal como está asentado en la documentación de la época.

De acuerdo a lo reportado por la tripulación de la Primorosa Mariana, los daños que había sufrido el San Telmo lo habían vuelto ingobernable, por lo que era casi imposible saber hacia dónde lo había arrastrado el temporal. Menos de tres años después, en junio de 1822, un oficio del Ministerio de Guerra de España declara que se considera a los tripulantes del navío San Telmo como náufragos, de acuerdo a la Real Orden de 17 de diciembre de 1821 (también se pueden ver menciones en la prensa de la época, como el Diario de Madrid y el Nuevo Diario de Madrid). A partir de allí se procede a dar de baja al barco y su tripulación, y la historia del San Telmo se convierte en un capítulo más de las guerras de emancipación americana.


Oficio del 22 de junio de 1822, donde se declara como náufragos a los tripulantes del San Telmo. Fuente: Biblioteca Virtual del Ministerio de Defensa de España.

¿Cuál fue el destino del San Telmo?

Esta pregunta admite tres posibles respuesta, aunque todas ellas finalizan con un naufragio. El San Telmo podría haber logrado doblar el Cabo de Hornos, pero como nunca arribó al destino, debería haber naufragado en las costas de Chile. También podría haber sido destruido por el temporal y haber desaparecido en las aguas del pasaje de Drake. La tercera hipótesis, que plantea una increíble alternativa, es que el San Telmo haya sido arrastrado más hacia el sur, encallando en alguna remota costa del continente antártico. 

Tradicionalmente se dice que el inglés William Smith, a bordo del bergantín Williams, fue el primero en pisar el suelo antártico, al arribar en octubre de 1819 a las islas Shetland del Sur mientras navegaba desde Buenos Aires hacia Valparaíso. Este asunto del descubrimiento de la Antártida ha sido puesto en duda en los últimos años, ya que existen pruebas de que otros barcos se le podrían haber adelantado, quizás por pocas semanas. Pero no es el objeto de esta nota debatir acerca de quien descubrió el continente blanco, sino tratar de seguirle la pista al desaparecido San Telmo.

Según una interpretación que se repite en numerosos trabajos sobre el San Telmo, William Smith habría avistado los restos de un gran naufragio en las costas de la actual isla Livingston. Entre ellos se mencionan el cepo de un ancla, velas y otros elementos de la arboladura. Poco después, el capitán Robert Fildes, quien realizó campañas de caza de lobos marinos en las Shetland del Sur entre 1820 y 1822, habría identificado aquellos restos como pertenecientes a un navío español de 74 cañones. Posteriormente, James Weddell, en su relato de exploración de las aguas antárticas publicado en 1825, menciona que en una playa de la isla Livingston se encontraron numerosos huesos de lobos marinos. A partir de ellos sugiere que pudieron haber sido cazados para alimentar a alguna tripulación náufraga. Sin embargo, estas historias presentan varios problemas. El fundamental es que el cuaderno de bitácora original de Smith se perdió y, en el relato que posteriormente se reconstruyó a partir de otras fuentes, no aparece ninguna referencia directa de Smith a un naufragio en la isla Livingston. Además, Fildes menciona haber encontrado el cepo de un ancla perteneciente, según una nota de su cuaderno, a un navío español de 74 cañones que había intentado doblar el Cabo de Hornos y del que nunca se había vuelto a tener noticias. También habla de vergas y otros elementos de la arboladura. Pero su descripción es escueta y no menciona restos del casco, partes de la estructura del barco ni otros elementos que permitan identificar inequívocamente un naufragio de semejante magnitud. Incluso el propio cepo de un ancla constituye una evidencia ambigua, ya que estos elementos podían perderse durante la navegación sin que ello implicara necesariamente el hundimiento del buque. En cuanto a Weddell, la matanza de animales no necesariamente debía ser reflejo de un acto desesperado por parte de náufragos perdidos, sino que podía ser producto de la explotación lobera.

Un naufragio que quizá nunca estuvo en Livingston

El problema de los supuestos restos avistados por Smith, Fildes y Weddell podría estar en una cuestión toponímica. Fildes dice que los restos se hallan en un lugar que denomina Sherriffs Cove, en la isla Livingston. El problema es que, cuando Fildes escribió su cuaderno en 1821, no existía en Livingston ninguna bahía con ese nombre. El cabo Shirreff que aparece en los mapas modernos fue bautizado por Edward Bransfield recién en enero de 1820, durante su viaje de reconocimiento junto con William Smith. En los mapas de la época aparece un Cape Shirreff, pero no una Shirreff Cove en Livingston.

Un trabajo realizado por un investigador del CSIC en España propone una explicación alternativa, diciendo que Smith habría bautizado con el nombre de Shirreff Cove una pequeña ensenada situada en la isla 25 de Mayo, cerca del cabo North Foreland. Más de un año después, cuando Smith se encontró con Fildes, pudo haberle hablado de los restos encontrados en aquella cala. Fildes, familiarizado ya con el nuevo Cape Shirreff de Livingston, habría interpretado que se trataba de ese lugar. Esta hipótesis es difícil de demostrar, pero explicaría por qué el mismo nombre parece haber terminado trasladándose de una isla a otra. La Shirreff Cove que figura en la cartografía de Smith desaparece posteriormente de los mapas, mientras que la denominación Cape Shirreff queda asociada definitivamente a Livingston. Con el tiempo, la confusión se incorporó a nuevos relatos y terminó consolidándose en la historiografía.

En cuanto al capitán James Weddell, es importante resaltar que no afirma que esos huesos estuvieran en el lugar donde Smith había encontrado los restos del supuesto navío, ni dice que pertenecieran a los náufragos del San Telmo. Además, las observaciones de Weddell se produjeron varios años después de la desaparición de navío español, en una región que para entonces había sido visitada intensivamente por numerosos cazadores de lobos marinos. Durante las primeras temporadas de explotación comercial de las islas, a partir de 1820, se sacrificaron decenas de miles de animales y se produjeron además varios naufragios. Por lo tanto, los huesos encontrados por Weddell pueden tener explicaciones mucho más sencillas que la supervivencia de los tripulantes del San Telmo.

Campamento estadounidense en cabo Shirreff, en la isla Livingston. Este campamento fue montado recientemente, a finales de 2023. La foto es de 2024, y su historia la pueden encontrar en la web de NOAA Fisheries.


Para rematar, hay un problema adicional que suele quedar en segundo plano: el hielo. El San Telmo desapareció el 2 de septiembre, todavía en pleno invierno austral. En esa zona, el mar comienza a congelarse desde abril o mayo y septiembre es un período de transición, durante el cual el hielo invernal comienza a retirarse lentamente. En años particularmente fríos, la línea de glaciación puede permanecer alejada de la costa hasta bien entrada la primavera. Por lo tanto, aunque desde el punto de vista de la navegación el San Telmo podría haber alcanzado las Shetland unos cuatro o cinco días después de su última posición conocida, no resulta evidente que hubiera podido aproximarse sin dificultades a la costa de Livingston. De hecho, unos meses antes, en junio de 1819, William Smith había encontrado una extensión considerable de hielo en esas mismas latitudes y había tenido que abandonar su intento de llegar más al sur.


Detalle de un mapa de la isla Livingston, donde se aprecian el cabo y la caleta Shirreff. El mapa es de la década del '40, impreso por la Dirección General de Navegación e Hidrografía del Ministerio de Marina de la República Argentina. Fuente: Biblioteca de la Universidad de Wisconsin.

Entonces, ¿qué pasó?

Al momento de escribir estas líneas, no hay evidencia concluyente sobre el destino final del San Telmo. Quizás los restos hallados correspondan al navío español, pero es imposible aseverarlo. Incluso aunque fueran restos del San Telmo no sería prueba de que naufragó allí. El barco, gravemente dañado por el temporal que lo sorprendió frente al Cabo de Hornos, pudo haber llegado hasta las proximidades de las Shetland del Sur, perder algunos elementos y continuar su viaje. También es posible que hubiera naufragado mar adentro y que las corrientes arrastraran posteriormente unos pocos restos hasta alguna de las costas del archipiélago. Por supuesto, también sigue siendo posible que el San Telmo haya naufragado en las Shetland del Sur, pero los testimonios históricos disponibles no permiten demostrarlo de forma inequívoca. Incluso hay quienes sostienen que hay restos de un naufragio y evidencias de supervivencia en las inmediaciones de la base uruguaya Artigas, en la punta Suffield, pero tampoco hay pruebas concluyentes de que haya sido el San Telmo. Además, cuando volvemos a examinar todas las pruebas sobre el terreno, no solo no se han encontrado pruebas inequívocas, sino que llama la atención la ausencia de restos humanos. Eso podría indicar qué, posiblemente, los náufragos de ese buque (sea el San Telmo u otro) pretendieron escapar de la región polar con alguna de las embarcaciones menores de la nave siniestrada y luego perecieron en alta mar. 

Fotografía de la base uruguaya Artigas. A poca distancia, en Punta Suffield, se hallan restos de uno o más naufragios no identificados, que algunos suponen que podrían ser del San Telmo. Fuente: Wikipedia.


Para poner todo en una justa balanza, cito textualmente lo que dijo el Catedrático Manuel Martín-Bueno, quien participó del proyecto San Telmo entre 1993 y 1995, acerca de los hallazgos:


Por otro lado, se descubrieron en tierra algunos vestigios que sí podrían pertenecer a la tripulación del San Telmo: varios restos de hebillas y de un tipo de calzado de cuero que por su ligereza difícilmente habría sido usado por las tripulaciones balleneras y foqueras. Además, también aparecieron restos óseos de cerdo, un animal que la Real Armada solía embarcar para consumir durante el viaje y que, sin embargo, no solían llevar dichos barcos foqueros. Durante estos trabajos arqueológicos también se llevó a cabo una prospección mediante el remolque de un magnetómetro de protones, detectando debajo del agua variaciones magnéticas que bien podrían deberse a un naufragio. Estos datos no han podido ser corroborados, ya que no se ha llevado a cabo una exploración subacuática.
Las investigaciones sobre este hecho no han acabado, aunque lo que sí podemos deducir es que los hombres del San Telmo que llegaron se enfrentaron a un duro final, pues las bajas temperaturas reducen las posibilidades de supervivencia al mínimo.

Conclusiones (por el momento)

Hace más de 200 años, una escuadra naval en condiciones no muy adecuadas zarpó de Cádiz para ir a auxiliar a una parte de un imperio que se estaba desmoronando. Entre esos barcos se destacaba el San Telmo, un veterano navío militar de 74 cañones con 644 personas a bordo, pesado y relativamente poco maniobrable, que no estaba preparado para navegar en las tempestuosas aguas antárticas. Un fuerte temporal separó al San Telmo del resto de la escuadra, y nunca más nadie supo cuál fue su suerte. Fuentes documentales ambiguas y algunos hallazgos arqueológicos que no son concluyentes sugieren que el barco naufragó en algún lugar de las islas Shetland del Sur. Si esto fuese cierto, los infortunados tripulantes del San Telmo habrían tenido el trágico privilegio de ser los primeros humanos en pisar suelo antártico, antes que el marino británico William Smith. Estos marinos, aislados en una costa desconocida, sin posibilidad de comunicación, enfrentados al frío y con recursos cada vez más escasos podrían haber intentado regresar al continente americano utilizando embarcaciones menores y haber desaparecido definitivamente en el mar de Drake. Una tragedia de este tipo, con este aura de misterio, muestra cierto paralelismo con la Expedición perdida de Franklin, quien en 1845 desapareció mientras buscaba un paso libre de hielo en el océano ártico canadiense.

Las escasas campañas arqueológicas en las islas Shetland del Sur han verificado la existencia de restos compatibles con uno o más naufragios, pero son imposibles de clasificar por el momento. La realidad es que nada de lo que se expuso hasta aquí es una prueba definitiva o concluyente, por lo que todas las hipótesis siguen siendo válidas. La única verdad es que dos siglos después de ese viaje, el San Telmo sigue sin aparecer. Tal vez los últimos días de aquellos hombres hayan transcurrido en una playa perdida de la Antártida. Tal vez algunos hayan sobrevivido durante semanas o meses antes de sucumbir al frío. Sin proponérselo, y sin que nadie lo supiera durante generaciones, aquellos marinos pudieron haber sido los primeros seres humanos en pisar el continente blanco. Por ahora el San Telmo todavía guarda esa respuesta bajo el hielo y el mar.

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