Reflexiones nocturnas sobre memoria y recuerdos


Cuadro "La Persistencia de la Memoria", de Salvador Dali (1931). Fuente: Historia/Arte.


Hace unos días leí la noticia de que había fallecido el compositor griego Evángelos Odysséas Papathanassíou, más conocido como Vangelis. Hablar de lo que significa Vangelis para la música y el arte excede las pretensiones de esta modesta nota, pero lo traigo a colación porque se trataba de uno de mis compositores favoritos. Desde mi niñez recuerdo algunas de sus composiciones, que aún sin saber que pertenecían a él me fascinaban, como por ejemplo "Spiral", que inevitablemente me hace recordar a los documentales sobre el espacio y las noticias sensacionalistas a lo estilo Fabio Zerpa. Años después fue la música que acompañó las horas de estudio durante mi etapa universitaria, de grado y posgrado, alternándose con Pink Floyd y Enya, entre otros. Pero, más allá de mis gustos personales, lo que me impulsó a escribir esta nota (rectifico: continuar esta nota... está empezada hace tiempo) es un posteo que leí al pasar en Twitter:

https://twitter.com/MATichno/status/1527380182620729346
Se murió Vangelis.
Pensaba que raro es que poco a poco mueran los ídolos de nuestra juventud, que nos figurábamos eternos cuando creíamos ser inmortales. El mundo que conocimos se va transformando poco a poco en un recuerdo.


La frase "El mundo que conocimos se va transformando poco a poco en un recuerdo" es contundente. Nuestro mundo, ese que comprende nuestros afectos, nuestros lugares, nuestras vivencias, va desapareciendo inexorablemente, y solo persisten, con suerte, los recuerdos. La memoria, los recuerdos, son intangibles pero los llevamos con nosotros a todos lados, condicionándonos y guiándonos en nuestras decisiones. "Todo está guardado en la memoria", según la letra de una canción de Leon Gieco. Si bien la frase se relaciona con ciertos sucesos históricos, no deja de tener un sentido generalista. En el fondo, todo lo que somos está grabado en la memoria. Nosotros mismos somos memoria.

El editor de este blog, o sea yo, hace 44 o 45 años, sentado en el capó de la Ford F100 de mi papá. A la izquierda de la foto se ve una parte, apenas un pedazo del lateral, de la que fue mi casa hasta los 12 años. Guardo muchos recuerdos de mis años en esa casa, disfruté una infancia muy feliz, aunque para ser sinceros no me acuerdo ni una pizca de ese cuarto de chapa acanalada que se ve a la izquierda ni de esa camioneta. Yo también soy memoria, y parte de lo que soy ahora se debe a lo que fui en aquel entonces.
 

Hace unos meses, cuando en Argentina todavía transitábamos ese extenso período de vuelta a la normalidad en el que las actividades iban reactivándose de a poco, solía salir a caminar por el barrio por las tardes, para despejar la mente y moverme un poco. En esas salidas, siguiendo un circuito idéntico todos los días, registré un evento mínimo que sirvió como disparador primario de esta nota. Descubrí una casa, vieja y descuidada, con aspecto de estar abandonada o cerrada. Pero al pasar durante varios días comprobé que no estaba ni abandonada ni cerrada. Al anochecer, cuando ya estaba camino de vuelta a mi casa, al pasar por este lugar veía siempre la misma escena: la persiana del living a medio levantar, un señor mayor sentado y un TV antiguo, de esos con pantalla de tubo de rayos catódicos y caja de madera, que siempre estaba encendido. Todas las veces era igual, como si se tratase de una puesta en escena estática, un montaje para los incautos. Un día, no sé si era la trigésima o la quincuagésima que pasaba por allí, encontré la persiana abierta a media altura, como de costumbre, pero ya no había luz y las cortinas estaban cerradas. Unos días después, al repetir el ritual diario, pasé y encontré la persiana completamente baja y todo sumido en la oscuridad. Días más tarde, quizás tres o cuatro, volví a pasar y vi el jardín frontal, que habitualmente estaba descuidado, lleno de restos de poda, como si hubiese pasado un camión y hubiese descargado todo allí. A la semana siguiente, día más o menos, encontré el frente de la casa lleno de restos de cosas domésticas: cuadros rotos, antiguos vinilos, papeles viejos, un tocadiscos destruido... parecía que habían desalojado la casa o la habían desvalijado. Una o dos semanas después la casa estaba tapiada y los contenedores estaban afuera: había comenzado la demolición.

A principios de este siglo tuve la oportunidad de hacer un doctorado en Europa, y allí fui durante cuatro años. Estando allá, parafraseando algo que dijo mi amigo Sergio Moya, comencé a conocer lo maravilloso de mi tierra. A pesar de que durante 27 años había estado ininterrumpidamente viviendo en la Patagonia, al partir valoré en su exacta magnitud lo que dejaba atrás. Desde entonces ha estado presente en mi memoria, mis recuerdos y mi día a día.

La historia que les conté, sobre la casa, es una historia mínima, que seguramente se repite en todas partes del mundo con bastante frecuencia. No sé qué pasó allí de primera mano, pero estimo que lo que sucedió es que en esa casa vivía una persona mayor sola y que enfermó/falleció o fue ingresada a un geriátrico y que luego sus hijos (o nietos, sobrinos, lo que fuese), decidieron vender la casa o encarar algún proyecto inmobiliario. Más allá de eso, me quedo con dos escenas: la primera, que parecía un montaje: el living, el señor sentado, la TV encendida; y una de las últimas, la del jardín repleto de restos de cosas domésticas. Fotos, vinilos, papeles, son solo una parte, porque lo más importante que se perdió allí es la memoria, la de ese señor que allí vivía, con todas sus experiencias, sus triunfos y sus fracasos, su vida misma. Todo eso se perdió, inexorablemente, y no tiene arreglo. Nosotros somos memoria, y por lo tanto no podemos disociarnos. Cuando uno de ellos falta, el otro también desaparece.

 

(Extracto de la nota "Cantina Salón Madrid", de Arturo Pérez-Reverte)
En cierta ocasión dijo mi padre que lo malo de vivir demasiado tiempo es que hay muchas cosas amadas que acabas viendo desaparecer. En su momento me pareció una frase entre muchas, pero con los años he comprobado su exactitud. Cuando eres niño o jovencito todo parece inmutable, eterno. Crees firmemente –de no ser así, a esa edad la incertidumbre sería insoportable– que el mundo que conoces se mantendrá siempre con idéntico aspecto y poblado por las mismas personas. Que en el mapa de tu vida existirán siempre las mismas referencias.
Sin embargo, el tiempo demuestra que no ocurre de ese modo, pues toda vida –esto ya no lo dijo mi padre, sino que lo escribió Scott Fitzgerald– es también un proceso de demolición. Los años implican lucidez y evolución hacia lugares interesantes, pero incluyen estragos y destrucciones en el paisaje y en uno mismo. Las inocencias se atenúan, numerosas palabras que antes eran decisivas empiezan a escribirse con letra minúscula, y personas que tuvieron peso extraordinario en tu vida se alejan, o cambian como también tú lo haces, o sencillamente mueren.
...
Para los que hemos conocido una existencia más bien nómada, los lugares son importantes. Fijan las coordenadas que durante mucho tiempo nos dieron anclajes o ilusión de estabilidad.

Si pudiésemos viajar en el tiempo podríamos recuperar la memoria, de manera artificial, recordando las cosas que se perdieron en forma presencial. Si bien la física nos niega la posibilidad de soñar con el viaje en el tiempo, la realidad es que nuestra memoria es, en cierta forma, una máquina del tiempo, virtual y limitada, que a veces menospreciamos. En mi caso es algo que me pasa, y mucho, cuando viajo a Puerto Madryn. Para mi visitar Madryn significa viajar en el tiempo. El reencuentro con la familia y con los amigos de la juventud es, en cierta manera, un viaje en el tiempo, porque es inevitable contar y volver a contar las mismas historias y anécdotas. Pero el viaje no acaba allí, porque con solo salir a dar un paseo la máquina del tiempo se pone en marcha y se mezclan imágenes caóticas de diversas épocas. La casa de mi niñez, la de mi adolescencia y juventud, las casas de mis abuelos, mi escuela primaria, la secundaria, la costa, el centro, los negocios de antaño que ya no están, y un largo etcétera.

La escuela primaria Nº27, a la que asistieron mis padres en su niñez, que luego pasó a ser la Nº84 y que fue mi escuela primaria. Dos generaciones de mi familia aprendieron a leer, escribir y demás conocimientos básicos en esa escuela. Más memoria, en forma física, en el edificio, y en forma de recuerdos, de los que la conocimos por dentro.

El solo hecho de visitar la casa de mi madre (no puedo evitar llamarla "mi casa", aún la siento así), es un viaje al pasado. El barrio ha cambiado mucho, muchísimo, desde aquel 1990 cuando nos fuimos a vivir allí. En aquel entonces todo era campo, matorrales, calle de tierra, y apenas 3 o 4 vecinos. Ahora hay una calle pavimentada, vecinos por todos lados, movimiento incesante de autos y mucho ruido en ciertas horas. Desplazarme por la ciudad me revela muchas imágenes del pasado que se superponen con el presente. La escuela Nº84, mi escuela primaria, que está tan grande y ampliada respecto de la que yo conocí, al igual que mi secundaria, la Nº703 "Politécnica". La costa, con todos esos nuevos e innecesarios edificios, y las avenidas Gales y Roca, que cada día están más cargadas de tráfico y semáforos, a diferencia de mi adolescencia, donde se podían cruzar sin semáforos y se podía hallar estacionamiento casi en la puerta del comercio al que nos dirigíamos. Así podría seguir largo rato, porque, no les miento, cada rincón de Madryn tiene para mi una historia que contar, y cada vez que voy encuentro demasiados cambios que chocan contra mi memoria.

"Conocí mi pueblo cuando me fui. Empezás a extrañar las piedritas, los huellones, el barro, el arroyo; y no es nostalgia, es empezar a conocer simplemente las cosas en las que uno no se había fijado antes" (la cita es de José Larralde, la foto es mía, de 2021)


¿Qué más decir? Pues no se me ocurre, escribí esta nota sobre los escombros de otra nota previa que no había podido redondear. Es una larga reflexión acerca de la memoria, de lo que somos, y por que no, de los sentimientos y los afectos, porque la verdad es que sin memoria tampoco ellos pueden existir. No creo poder hacer una síntesis ni dejar una reflexión que condense todo, solo invitarlos a pensar en esto y valorar nuestros recuerdos, particularmente aquellos que aún no han pasado por ese proceso de destrucción, que temo inevitable, a lo largo de la vida. Insisto en algo que mencioné antes: Nosotros somos memoria. Somos los que somos porque fuimos lo que fuimos. Gracias por leer y acompañarme hasta aquí. Nos vemos en la próxima entrada... no lo olviden.

Comentarios

  1. Excelente síntesis de nuestra existencia

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  2. Aunque el tiempo no tenga sustancia conocida, tiene algún vínculo material que sustenta su recuerdo. Así, la memoria puede ser una secuencia de impulsos eléctricos en el cerebro, pero lograr que se reproduzca en el cerebro de otra persona hace pensar en un vínculo maravilloso que tal vez algún día pueda ser conocido o explicado por la ciencia. Y por ahora, la emoción corta el camino y nos hace sentir que tenemos algo de ese vínculo, la otra punta del tiempo, la conexión indispensable para hacer presente lo pasado, volver a ver y amar lo que sigue unido a nuestras vidas.

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    1. Los recuerdos, la memoria, a pesar de ser intangibles, que no tengan sustancia conocida, como bien decis, tienen un poder, una fuerza, que es tangible, que es capaz de afectarnos, postiva o negativamente, en nuestro día a día. Excelente punto de vista Horacio, gracias por compartirlo con todos. Saludos

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  3. No quise ser anónimo, soy Horacio

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    1. Patricio G. Donato30 de mayo de 2022, 10:12

      Yo tampoco soy anónimo, pero por algún motivo mi nombre no salió jajaja

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  4. Esa máquina del tiempo virtual y limitada a veces arranca sola y me lleva a remover escombros donde no quiero, para confundirla trato de saturarla con más opciones pero la sensación de equilibrio inestable siempre perdura.

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    1. Sí, hay veces que los recuerdos, la memoria, nos llevan para lados que no queremos volver a recorrer. Sí, te entiendo, en esos casos más que la nostalgia nos invaden otros sentimientos... y comprendo claramente lo de la sensación de equilibrio inestable, la he sentido. Gracias por tu aporte Dario

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  5. Hermosas e interesantes reflexiones, ideales para este domingo frío. Saludos y gracias desde Lago Puelo, Chubut.

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    1. Gracias por tu comentario, me alegra saber que te acompañaron en ese domingo frío de Lago Puelo. Saludos

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  6. Hola Patricio! disfruto mucho tus posteos de investigación (por poner un nombre) pero este me arrancó un suspiro... ando en una época de revisar fotos y tooooodas parecen antiguas porque hay quienes ya no están, quienes no son lo que eramos, y así ;D ¡Un abrazo!.

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  7. Gracias por tu comentario Magalí, al parecer somos varios los que estamos revisando fotos y recuerdos. Creo que es algo muy importante, porque somos lo que somos gracias a esas experiencias de nuestro pasado. ¡Saludos!

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