sábado, 8 de diciembre de 2012

Reflexiones sobre la Patagonia: inmensidad, soledad, y algo más

A esta altura del año no voy a seguir excusándome por mis largos silencios. El trabajo, la familia, y otras cosas del acontecer cotidiano se han apropiado del 95% de mi tiempo. El 5% restante, que en otro momento me servía para escribir, leer, googlear, contestar los correos electrónicos, usar el Facebook, sencillamente ya no me alcanza. Tengo varias cosas en danza que me ocupan la mente, y no me rinde el tiempo frente al teclado. Así que... voy a dejar de quejarme y voy a ir directo al grano.

En un artículo que escribí hace más de dos años me referí a algunas de las impresiones de Darwin a su paso por la Patagonia. El naturalista inglés destacaba el carácter, a su juicio, negativo de la región, pero terminaba por rendirse a su hechizo de una manera que no podía explicar:
"Cuando evoco los recuerdos del pasado, se representan en mi memoria muchas veces las llanuras de la Patagonia, a pesar de la conformidad en que se hallan todos los viajeros en afirmar que aquello no son otra cosa que miserables desiertos. Casi no pueden atribuírsele sino caracteres negativos; no hay, en efecto, habitaciones, agua, árboles ni montes; apenas se hallan algunos arbustos raquíticos. ¿Por qué, pues, han hecho en mí, y no soy único ejemplo, tanta impresión aquellos desiertos? ¿Por qué las pampas, todavía más llanas, aunque más verdes y más fértiles y que por lo menos son útiles al hombre, no me han producido impresión semejante? No trato de analizar estos sentimientos, pero en parte deben provenir del libre campo abierto a la imaginación. Las llanuras de Patagonia son ilimitadas; apenas puede atravesárselas; por eso son tan desconocidas; parece que desde hace siglos deben hallarse en el estado en que hoy se ven y que para siempre han de seguir sin cambio alguno en su superficie. Si, como suponían los antiguos, fuese la tierra plana y rodeada por una faja de agua o por desiertos, verdaderas hornazas, imposibles de atravesar, ¿quién dejaría de experimentar profunda, aunque indefinida sensación, al borde de esos límites impuestos a los conocimientos humanos?"
La inmensidad y la soledad de la Patagonia (Salar del Gualicho, Río Negro)

Darwin no puede explicarlo, pero en el ocaso de su vida era inevitable evocar las imagenes de la Patagonia, esa Tierra Maldita que menciona al referirse al Río Santa Cruz y su entorno:
"The curse of sterility is on the land, and the water flowing over a bed of pebbles partakes of the same curse." ("La maldición de esterilidad pesa sobre esta tierra, y el agua, que se desliza sobre un lecho de piedras, participa de la misma maldición")

Sin embargo, no fue Darwin el único en caer bajo el embrujo de la Patagonia. Otro celebre personaje que estuvo por aquí fue Guillermo Enrique Hudson, otro naturalista (y escritor), de padres norteamericanos pero nacido en Argentina. Hudson pasó unos dos años en Río Negro, en las inmediaciones de Patagones, que luego relató en su libro "Días de ocio en Patagonia". En un pasaje de dicho libro dice:
"Cuando recuerdo alguna escena de la Patagonia se me presenta tan completa, en toda su vasta extensión y con todos sus detalles tan nítidamente delineados, que si la estuviera contemplando realmente no la vería con más claridad; mientras tanto, otras, aun aquellas que fueron hermosas y hasta sublimes, con bosques, océano o montañas, y sobre todo el cielo azul profundo y el crepúsculo brillante de los trópicos, no aparecen ya tan precisas en la memoria, haciéndose más brumosas cada vez que se intenta mirarlas con mayor atención. Aquí y allá veo una montaña cubierta de árboles, un bosque de palmeras, un árbol florido, verdes olas rompiendo sobre una costa rocosa, nada más que manchas aisladas de bello color, como si fueran las partes de un cuadro que no se han borrado, como el resto, ya despintado. Estas imágenes corresponden a escenas que una vez fueron contempladas con asombro y admiración- sentimientos que no puede inspirar el desierto de la Patagonia-, pero la soledad gris y monótona despierta otras más profundas, y en ese estado de ánimo la escena se imprime en la mente con caracteres indelebles."

Aquí nuevamente el escritor es fascinado por la inmensidad y soledad de la Patagonia profunda. A pesar de conocer otros lugares más bellos o armoniosos, en la memoria se le ha grabado la meseta patagónica, sus arbustos bajos, el viento, el silencio.

El mar y las caprichosas formas de la línea costera (Caleta Valdes, Chubut)

Buscando otros testimonios, me encontré con otros pioneros, no tan conocidos, pero de importancia no menor en la historia de la región. Se trata de los hermanos Lively, que llegaron a la Patagonia a fines del siglo XIX, y tuvieron una participación activa en la demarcación de límites con Chile. Su historia es contada en detalle en el libro "Por si quede", de Jorge Cramer, de donde extraje dos párrafos muy ilustrativos.
"Los mayores enemigos de los pioneros eran la horrible soledad del alma y de los parajes. Patagonia parecía capaz de estampar esta sensación en los aspirantes a pobladores de una manera más efectiva que con la que lo hacía en territorios aún más vastos del continente Americano.
Cualquiera que haya vivido solo por meses en la remota choza de un puestero no volvería a ser del todo él mismo, aunque esta clase de vida no dejara de ejercer una extraña fascinación en algunas mentalidades.
Diversiones no había ninguna, a no ser una cuadrera ocasional, a la manera criolla. El único horizonte era un relevo anual, o bianual.
...
Las gentes de distintas nacionalidad quedaban afectadas de distintas maneras. Cuando se reencontraban con sus camaradas los latinos se volvían eufóricos, y esa euforia se hacía pasar no pocas veces ruda, agresiva y difícil de soportar. Los alemanes, de los cuales se encontraban unos cuantos por aquí y por allá entre los primeros colonos, nunca parecían en sus cabales después de esa experiencia; era difícil encontrar a uno de ellos que no tuviera el agregado de "loco" empastado para siempre a su nombre: el loco Harry, el loco Max, loco Steve, loco George, loco Hans, y así.
...
Resulta realmente muy difícil describir las muchas maneras en que Patagonia se las arreglaba para forzar este sentido de la soledad en la imaginación de cada uno."
"Por si quede", página 145 - Relato de Hugh Lively
Como si se tratase de la misma persona, el relato de Hugh Lively coincide con los de Darwin y Hudson. De nuevo aparece esa fascinación, ese hechizo que afecta profundamente a las personas, hasta el punto de imprimirles el calificativo de loco. La soledad se alza como telón de fondo, omnipresente en todos sus rincones.

Las increibles formaciones geológicas que se encuentran en el interior de la Patagonia (Los Altares, Chubut)

Por su parte, uno de los hermanos de Hugh, Jack Lively, hace otra reflexión que bien vale la pena transcribir. A diferencia de los otros, no habla de ninguna fascinación, sino de lo dura que es la vida, y de lo bien que le vendría un tiempo en la Patagonia a algunos que tienen existencias muy cómodas pero se la pasan quejando:
"Pienso que un viajecito de placer por la Patagonia en medio del invierno mejoraría a muchos de los petimetres que tenemos por casa. Esos que andan por ahí gruñendo por el impuesto a las ganancias, etc. Sería bueno verlos tratando de plegar la carpa cuando está dura como una tabla, y los cabestreos, y las sogas para atar las cargas están como garrotes. Después de eso, andar todo el día con solo un taza de café y una rebanada de pan, esos que hablan sobre el confort de sus hogares. No tienen idea de los que es no tenerlos, así que ¿como pueden juzgar sobre lo que significa el confort? Cuando nosotros hablamos de lugares de campamento, eso significa generalmente un vallecito con unos pocos arbustos en él, y con suerte, un arroyito corriendo; las más de las veces es sólo un hueco con dos o tres plantas y un charco. Eso es lo que un campamento significa por estos lados."
"Por si quede", página 252 - Relato de Percy Jose Lively
Un árbol moldeado por los vientos y el clima riguroso, mudo testigo de la Patagonia (Lago Traful, Neuquen)

Esa sensación abrumadora que transmiten la soledad e inmensidad patagónicas es muy especial. Cuando era un joven preadolescente me la pasaba quejando por este motivo, pero durante mi infancia tuve la suerte de poder disfrutar de esa naturaleza única. El campo, la costa.... simplemente era maravillosa. Ahora, al pasar los años, siento lo mismo al evocar las imagenes de mi Patagonia. Por eso cada vez que vuelvo a los pagos siento, al igual que Darwin, Hudson, o Lively, que he caido en el hechizo nuevamente.

4 comentarios:

  1. Que buen relato Patricio, prometo un día recorrer esas tierras, si no lo hago durante mi estadía en Mar del Plata sería un tonto! un abrazo y gracias!

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    1. Gracias Sergio. Ojala puedas darte una vuelta por el sur, no te vas a arrepentir. Un abrazo.

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  2. Hermoso relato que me recuerda el inicio de las mesetas de Chubut, en la costa este de El Maitén, lugar en el que viví hasta mis trece años.Emocionante sitio este Bahia Sin Fondo!

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    1. Estimado Nagel, gracias por tu comentario y tus recuerdos. Ojala disfrutes del blog. Saludos

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