viernes, 4 de septiembre de 2015

La guerra como fracaso de la Humanidad

Detesto la mediatización obscena y morbosa de la muerte, cuando lo que importa no es la víctima, o los motivos, sino la muerte como suceso. No entiendo como se gana dinero y audiencia mostrando el acto de violencia en si mismo. No importa que fue lo que llevo a fulano disparar con su AK-47 a un grupo de escolares, o las consecuencias de la masacre. No, lo que importa es mostrar desde todos los ángulos, y en cámara lenta, como la ráfaga de balas destrozaba a mengano o zutano. En general trato de abstraerme, a veces por la misma falta de tiempo que me hace abandonar el blog de tanto en tanto, y a veces en forma adrede, saturado de tanta información y desinformación mezcladas a toda hora y en todos los formatos. Sin embargo, hay veces que esto no sucede, y situaciones en las que una foto puede remover conciencias con mayor contundencia que una bomba. Con esto me refiero, específicamente, a las fotos que circularon en los últimos días sobre el niño sirio Aylan Kurdi, quien se ahogó junto a parte de su familia cuando intentaban alcanzar Europa a bordo de un bote sobrecargado.

Fuente: La Nación
Ya lo escuché, y lo leí, decenas de veces en esta semana. Lo que ocurrió en aquella playa de Turquía no es diferente a lo que pasa cada vez más a menudo en el mar Mediterráneo, con los que huyen de África y tratan de alcanzar las costas europeas en endebles embarcaciones, o con los que son masacrados cada día en Irak o Siria, a manos del Estado Islámico (EL) o por los bombardeos patrocinados por EE.UU. Las imagenes y noticias que llegan desde allá son siempre las mismas: atentado en tal lugar, con X muertos, bombardeo de bases terroristas pero que dejan XX civiles muertos, etc, etc. Las imágenes, editadas en muchas ocasiones, son tremendas. La muerte se expone de forma cruda, con sangre, mutilación, y destrucción. Los sucesos provocan espanto, indignación y desazón, pero por algún extraño mecanismo de la mente humana, la exposición cruda de los hechos hace que la mente (al menos la mía) genere algún tipo de callo o protección, para evitar el dolor de algo que es lejano y ajeno, pero que nos (me) provoca impotencia. Lo mismo me pasa cuando veo fotos o vídeos de sucesos bélicos del pasado. Las imágenes de los muertos en los campos de concentración nazis o las víctimas de las bombas atómicas son repugnantes, pero ya sea por el tiempo pasado o por lo que sea, puedo abstraerme parcialmente de ese horror. Sin embargo, lo que me pasó ayer cuando vi la foto en los diarios online, fue diferente. La imagen, desprovista de toda violencia o morbosidad explicita, fue una especie de misil que perforó todas las protecciones de mi mente. El niño, tirado en la playa, está recostado como si se hubiese desplomado de sueño luego de una larga jornada de juegos... pero la realidad es que no hubo ningún juego y no está durmiendo.

Hace rato que sé que no vivimos en un mundo ideal, sino en un puto mundo de mierda (pensé largo rato estas palabras... no hay otras que puedan usarse en su lugar), pero ahora sé que es aún peor. La Humanidad, que ha caminado un largo trayecto desde que vivía en las cavernas hasta ahora, que ha puesto una nave en Plutón, ha recorrido todo este camino acompañado del perverso fantasma de la guerra. No importa el período histórico ni la cultura que estudiemos, la guerra siempre ha estado allí, sin distinción de razas, credos, o nacionalidades. A veces pienso que hemos mejorado, que aprendimos las lecciones de las guerras mundiales, de las matanzas sin sentido. Pero no, no hemos aprendido nada. La guerra ha sido, es, y me temo que será, el motor y a su vez, el gran fracaso de la humanidad.

Hace unos años leí el libro Nemesis, de Max Hastings, que trata sobre la fase final de la guerra del Pacífico, entre los años 1944 y 1945 (el artículo de la operación Shogo que escribí hace unos meses está fuertemente inspirado en este libro). En aquella ocasión recuerdo que entre tanta información, entre tantas operaciones bélicas, cuestiones políticas, y un largo etcétera, me impactaron profundamente algunas historias que bien podríamos llamar mínimas (parafraseando aquella excelente película de Carlos Sorín), pero que resumían en si mismas la locura, el exceso, y la inutilidad de la guerra. Una de ellas era el testimonio de Tao Yadong, una muchacha china que fue prostituida por y para el ejército japonés. Ella cuenta como los japoneses mataron a otra chica por haberse embarazado, abriéndola en canal con un cuchillo frente a todo el pueblo, quienes veían horrorizados cómo el bebé aun se movía. Otro relato, por parte de un soldado estadounidense, daba cuenta como en la batalla de Okinawa una unidad de la 27º División ametralló, en forma adrede, a una civil japonesa que llevaba a un bebé. Así podría seguir con mil casos más...

La guerra, el gran fracaso de la Humanidad. Es cierto, en el medio de las miserias y horrores de la guerra, hay lugar para que sobresalgan personas con actos heroicos que lavan las culpas de una pequeña parte de la especie humana. Me viene a la memoria la historia casi épica de Mira Ostromogilska y su familia, que escaparon del horror nazi (El ghetto de las ocho puertas), la historia de Oskar Schindler, la de Chiune Sugihara, la increíble historia de Franz Stigler y Charlie Brown, o la no menos increíble de Louis Zamperini. Pero claro, todas estas son pequeñas apostillas al margen, actos que encienden velas de esperanza, pero que no alcanzan para disipar la negrura de la guerra.

La foto de Aylan Kurdi fue la que impulsó a escribir estas líneas. ¿Cambiará algo? Lo dudo. El mundo se rasga las vestiduras, pero en un par de semanas todo se habrá olvidado. Creo que el problema tiene ya una magnitud tal que excede a la Unión Europea, y que necesita que se involucre el mundo entero. Especialmente EE.UU. y Rusia, que como en las épocas de la Guerra Fría, juegan a la guerra pero a través de terceros. Por mi parte, mañana seguiré con el curso normal del blog, con las otras notas que tengo en cola, pero con la conciencia más intranquila y con menos esperanza en el futuro. Quizás en 400 o 500 la Humanidad, si aún existe, haya podido desterrar a la guerra, pero mucho me temo que nos acompañará ad aeternum. Gracias por leer hasta aquí, hoy no me podría haber ido a dormir sin haber hecho este descargo. Q.E.P.D. Aylan.

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