viernes, 25 de diciembre de 2015

Los cronómetros del HMS Beagle

Pensé que la anterior era la última entrada del 2015, pero no puedo evitar agregar una más, al filo de la navaja. Hoy retomé la lectura de "La sombra de Darwin", de Peter Nichols, un libro que tenía empezado pero que había colgado temporalmente porque me embarqué (nunca mejor dicho) en otras lecturas. El libro trata sobre los viajes del HMS Beagle, pero poniendo especial énfasis en la historia de Fitz Roy, y de sus dilemas en torno a la ciencia y los descubrimientos que realizó Darwin como pasajero de su barco. Pues bien, leyendo la parte dedicada a los preparativos del viaje, me topé con una curiosa historia relacionada con los cronómetros del barco. Para evitar tergiversar nada, reproduzco textualmente las palabras de Peter Nichols al respecto (capítulo 11):

Entre los más importantes, y tan necesarios como el compás, estaban los cronómetros del barco. contar con una estimación precisa del tiempo era vital para la navegación, la determinación de la longitud y, consecuentemente, la posibilidad de ubicar correctamente rocas, islas y costas en el relevamiento de Fitz Roy, que era su primer objetivo. Desde el trabajo pionero del carpintero y relojero inglés John Harrison, quien un siglo antes se había ganado el premio de 20.000 libras que daba el gobierno por lograr un cronómetro que pudiera proporcionar a los marinos una longitud correcta, los relojes se habían refinado continuamente. un cronómetro no es un reloj que mantenga la hora precisa, sino uno cuyo mecanismo difiere a una tasa mensurable y consistente. Así una vez ajustado con la hora correcta de Greenwich, ese "huso horario de Greenwich" -la base para toda la navegación celeste-, puede saberse esa misma hora, de manera precisa, semanas después, lejos, en el mar, luego de aplicar la corrección por incrementos o pérdidas correspondientes a cada caso. Ésa era la teoría, pero un cronómetro como cualquier otro mecanismo, puede funcionar mal o romperse, por lo que siempre se llevaban muchos a bordo y sus tasas de incremento o pérdida eran comparadas y se promediaban.
En su segundo viaje el Beagle llevaba veintidós cronómetros. El Almirantazgo proporcionó dieciséis y Fitz Roy, en busca de la perfección absoluta, redundante incluso en la comparación entre relojes, compró otros seis. Eran los mejores que podían comprarse; cada uno una joya mecánica, adquirida a diferentes relojeros. Para mantener la hora correcta, el almacenamiento a bordo del barco y las condiciones de uso era tan importante como su fabricación. Cada uno era puesto en una pequeña caja de madera, suspendido por balancines de brújula bien aceitados que mantenían el nivel del reloj a pesar del movimiento del barco y el de su propia caja. Los veintidós se guardaban en un pequeño camarote al lado del de Fitz Roy, colocados entre una capa de aserrín de tres pulgadas de espesor, que absorbía los golpes.

"Colocados de esta forma [escribió Fitz Roy], ni el movimiento del los hombres en la cubierta superior, ni el disparo de los cañones, ni el correr de las cadenas causaba la menor vibración en los cronómetros, como lo comprobé colocando polvillo sobre sus cristales y observándolos con una lupa mientras el barco vibraba ante algún salto o golpe."

El cronómetro identificado como "X", construido por Thomas Earnshaw es uno de los dos sobrevivientes del HMS Beagle. Actualmente se halla en exhibición en el Museo Británico [Fuente: Wikipedia].
Se puede tener una buena idea de este puntilloso capitán científico imaginándolo en medio de una tormenta en el mar, sin su impermeable, con la cabeza envuelta en una toalla para evitar goteos, inclinándose sobre sus cronómetros, mientras el barco salta, con una lupa en la mano, para observar el fino polvillo en las cubiertas de vidrio de su nidada de relojes.
La mayor alteración que sufrían esos relojes se producía cuando había que darles cuerda, lo que sucedía una vez al día. Para cuidarlos y asegurarse la consistencia de su atención y manejo, Fitz Roy contrató a un empleado especial, George James  Stebbing, el hijo mayor de un fabricante de instrumental matemático de Portsmouth, quien participó de todo el viaje. Solo Stebbing podía tocar los relojes, dándoles cuerda diariamente a la mañana a las nueve. Volvía nuevamente al mediodía para comparar sus registros y evaluar sus incrementos y pérdidas. Solo Fitz Roy y Stebbing entraban en el pequeño camarote de los cronómetros. la mayor parte de las cajas nunca fueron movidas, despues´de ser aseguradas en aserrín en 1831, hasta la finalización del viaje en 1836.

Lista de cronómetros a bordo del HMS Beagle, según consta en el apéndice del volumen II de la "Narrative of the surveying voyages of His Majesty's Ships Adventure and Beagle between the years 1826 and 1836, describing their examination of the southern shores of South America, and the Beagle's circumnavigation of the globe".

Nunca me imaginé que eran necesarios tantos cronómetros, aunque leyendo un poco se ve claramente la razón. No solo necesitaban un cierto grado de precisión en la medición del tiempo, sino que debían prepararse para las contingencias, previendo la rotura de unos cuantos a lo largo de los años que llevaría el viaje. Al día de hoy se conservan solo dos de esos veintidós cronómetros, uno de los cuales está en el Museo Británico y otro en el Museo Nacional de Australia.

El cronómetro identificado como "V", construido por Robert Pennington es el otro de los dos sobrevivientes del HMS Beagle. Actualmente se halla en exhibición en el Museo Nacional de Australia [Fuente: Wikipedia].

Bueno, espero que les haya gustado esta breve entrada, casi un capricho ingenieril inevitable que me surgió al leer los detalles y precauciones respecto de la medición del tiempo a bordo del HMS Beagle. Ahora sí, creo que nos vemos el año próximo. ¡Hasta luego!

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