viernes, 22 de enero de 2016

Un recuerdo fortuito

Hace unos días ocurrió algo curioso y fortuito, una de esas anécdotas mínimas que tienen cierto simbolismo en lo personal. Todo empezó a la mañana, cuando a través de una foto en el Facebook se dio la posibilidad de improvisar una reunión con dos personas que conocí mediante la red social y con las que interactúo hace rato porque compartimos inquietudes similares: Patricio Castillo Meisen y Oscar Comes, los creadores (por no decir guías espirituales) de los grupos Madryn Olvidado (Facebook) e Historia de la Patagonia (Facebook y Yahoo!) respectivamente. Luego de una grata reunión, que espero se repita en el futuro y que nos sirva para avanzar en algunos aspectos, cada uno volvió por su lado y yo aproveché a pasar a averiguar unas cosas por el centro.

Cuando emprendí el retorno hacia la casa de mi madre, inconscientemente tomé una ruta grabada en mi niñez, hacia el oeste por la calle 28 de julio, hasta las cinco esquinas, y de ahí a la izquierda por Alvear. Así pasé por la esquina de mis recuerdos, la de Belgrano y Alvear, la cual luce bastante cambiada, aunque todavía se pueden reconocer rasgos de lo que era la antigua casa. La luz del atardecer era de un melancólico tono anaranjado, aunque no reinaba la quietud de antaño. Siguiendo por Alvear me detuve a mitad de cuadra, a husmear por la reja del portón que da a lo que era el fondo del terreno, que en mi infancia fue una especie de parque de diversiones compuesto por pilas de chatarra, maderas, latas, un gallinero, etc. (incluyendo un enorme cartel de la UCR). Allí pude comprobar, una vez más, como la medianera del terreno sigue estando compuesta por la misma hilera de chapas por la que yo me asomaba en mi niñez (mediados de los '80), y que en aquel entonces ya estaban viejas y oxidadas. Sin embargo, esta vez encontré un recuerdo inesperado. En el medio de una pila de materiales, maderas, hierros, etc, divisé un artefacto metálico voluminoso e indefinido, al menos para el ojo poco entrenado. Pero para mí fue un flash, una imagen que volvió al presente a través de los intrincados laberintos de la memoria. Ese artefacto era parte de una maquinaria para la vulcanización de neumáticos, que estaba guardado en la casa de Belgrano y Alvear cuando yo era chico, y que para aquel entonces ya era obsoleta. Esa era una de las máquinas de la gomería de mi abuelo, Rugiero Donato, quien instaló este comercio en Madryn a mediados de la década del '40.

En un rincón del patio, que da a la calle Alvear, entre Belgrano y 9 de julio, encontré este retazo de historia familiar (y porque no, de Madryn), herrumbrado en una pila de chatarra.

Publicidad del taller de vulcanización de mi abuelo, aparecida por primera vez en el semanario Golfo Nuevo del 5 de julio de 1947. Para evitar confusiones, la gomería no se hallaba en el lugar donde ahora están tiradas las máquinas, sino en lo que hoy es la esquina de Belgrano y San Martín (ver  el artículo de este mismo blog donde se trata el tema de los nombres de las calles).

En fin, no deja de ser una anécdota mínima, ínfima, muy personal, pero fue una gran sorpresa para mi. Temo que la próxima vez que pase, el próximo invierno o verano, este u otro año, ya no quede nada de esa pequeña ventana a mi pasado, lo cual hace más grande el hallazgo. Como bien dice el título de la entrada, es un recuerdo fortuito, que se dio gracias a un encuentro, también bastante fortuito, con gente que ama y valora la historia de nuestra ciudad. Nos vemos en la próxima entrada, sea donde sea que esta nos lleve. Hasta siempre.

Algunas máquinas vulcanizadoras modernas (izquierda y centro) y antiguas (derecha). Nótese la similitud, a grosso modo, con la hallada en Puerto Madryn. Fuentes: Rahe's autor & tractor school y Leshan Yalun Mold.

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