El naufragio de la Mary E. Packer

Patagonia es sinónimo de misterio, soledad e inmensidad. Todos los rincones de la región patagónica tienen historias, pequeñas o grandes, que hablan de la inmensidad, de la soledad y, también, de misterios que aún yacen dormidos, a la espera de que alguien los traiga a la luz del día. Podemos encontrar muchas de esas historias en las costas, en los lugares donde yacen naufragios olvidados que aún guardan secretos para ser develados por el investigador. Cada tanto, alguno de ellos revela algún secreto y nos cuenta una historia sorprendente. Ese es el caso de un barco casi desconocido, cuya historia llegó a este blog gracias a unos amigos que de esto saben mucho más que yo y que generosamente me han ayudado con parte del material. Vamos a tratar de reconstruir la historia de la barca Mary E. Packer, que terminó sus días en un rincón solitario de la Península Valdés.

Póster promocional de la Mary E. Packer, dirigida por el capitán Holloway. Hay una diferencia entre la capacidad de carga que se declara en este póster (1500 toneladas) y la que aparece en otras fuentes (800 toneladas). Además, el aparejo de la embarcación de la figura parece corresponder a una fragata y no a una barca. Sin embargo, el capitán es el mismo, así como el lugar de construcción (Mystic). Fuente: Andromeda Print Emporium.


Una barca como cualquier otra

La barca Mary E. Packer fue una de las primeras que construyó la firma Hill & Grinnell de Mystic, una pequeña villa del estado de Connecticut, a mitad de camino entre las ciudades de Stonington y Groton. Fue botada en 1866, medía unos 47 metros de eslora y tenía una capacidad de carga (arqueo) de 800 toneladas, lo que la constituía en la segunda barca de mayor capacidad fabricada por Hill & Grinell (esta firma cerraría ocho años después, en 1874). Se trataba de un buque propulsado exclusivamente a vela, sin ningún tipo de máquina. Durante los primeros años cubrió diferentes trayectos en el continente americano, como se puede comprobar en los diarios norteamericanos de la época (New York, Newcastle, San Francisco, etc.). En la década de 1870 podemos encontrar encontrar evidencia de viajes hasta Oceanía, tal como aparece mencionado en el Daily Alta California (Nº 8274, 21/noviembre/1872). Fue en 1872 precisamente cuando aparece un registro en el California Wreck Register (1877), que da cuenta de un accidente cuando viajaba de San Francisco a puertos europeos, a través del Cabo de Hornos. El registro deja constancia de que tuvo que parar en Río, en junio y en julio, con diversos problemas (algo sobre un mástil y una entrada de agua) y una pérdida de unos 6280 dólares. Más allá de esto, en su historial no resalta, hasta 1874, nada extraordinario. Era una barca anodina entre cientos de embarcaciones similares que surcaban los océanos comerciando de aquí para allá.

Fotografía de una barca no identificada maniobrando en Mystic Iron Works en Pistol Point (Mystic), en 1866. Según los datos provistos por el Connecticut Digital Archive, es probable que esta barca sea la Mary E. Packer. Fuente: Connecticut Digital Archive.


Un testimonio de primera mano para el último viaje

El último viaje de la barca Mary E. Packer ha quedado muy bien documentado gracias al testimonio de una de las pasajeras. Flora A. Foster, esposa del primer oficial, Mr. Foster, dejó escrito el relato del viaje, el accidente y los sucesos posteriores en un libro titulado "Wrecked off Patagonia - A Personal Experience" (este libro puede accederse libremente en la web del Mystic Seaport Museum). La Mary E. Packer zarpó de Nueva York con destino a Callao, Perú, el 17 de agosto de 1874, cerca del mediodía, con 21 personas a bordo, incluyendo una bebe de apenas seis meses de edad. El relato de Flora comienza por contar los pequeños detalles de la vida en alta mar, de su primer viaje con su esposo, luego de meses y años de ausencias, justamente, por viajes de ultramar. Ella relata, maravillada, como el mar parece fosforescente en algunas noches, y la primera vez que ve con sus propios ojos la Cruz del Sur y las Nubes de Magallanes, "la señales del camino de los marineros en los mares del sur" (sic).

Tapa del libro de Flora A. Foster en donde se relata las vicisitudes del último viaje de la barca Mary E. Packer. El título, “Wrecked off Patagonia – A Personal Experience”, es autodescriptivo, ya que ilustra fielmente el contenido del libro, un relato muy personal sobre el viaje, el naufragio y el posterior rescate de los náufragos. Fuente: Mystic Seaport Museum.


Naufragio en Patagonia

El viaje concluyó, abruptamente, el día 28 de octubre, un día frío y de mal clima. Dos meses y once días después de zarpar de Nueva York, la Mary E. Packer encalló a la noche, cerca de las 22:10, contra un banco de piedra y roca en las coordenadas 42º20' sur y 63º38' oeste. Sin considerar los errores menores de cálculo de la posición, esas coordenadas corresponden con la parte norte de la Caleta Valdés, o sea, la parte más al este de la Península Valdés, en Chubut (la zona es conocida como Punta Bajos). Según relata Flora, un fuerte golpe sonó de manera tal que parecía que la barca se iba a hacer pedazos. Pero no paso nada de eso. Si bien la tripulación preparó todos los botes y las mujeres estaban listas para abandonar la nave con mínimas pertenencias (una bolsa de mano con una muda de ropa y algunas cosas de valor), no fue necesario. Los primeros rayos del amanecer revelaron lo que fue un accidente con suerte. La barca había encallado sobre la caleta, de manera tal que la mitad del barco quedaba fuera del agua al bajar la marea. El paisaje circundante no era alentador: una gran extensión de canto rodados que se extendía tan lejos como el ojo podía ver. Los pasajeros descargaron sus cosas del barco, como pudieron, y tuvieron su primera comida en la costa: jamón crudo y pan duro. Según palabras de la misma cronista, "el hambre es el mejor condimento", así que todos disfrutaron de la primera, e inesperada, comida en tierra patagónica. Improvisaron una carpa con velas y palos de repuesto, y rescataron todas las provisiones que pudieron de la accidentada nave. Pasaron una primera noche bastante incomoda, con lluvia y una cierta tensión, o ansiedad, por la posible presencia de indios.

Mapa de la Península Valdés, en donde se resalta la zona donde ocurrió el naufragio (Google Maps).


Se pierde irremediablemente la Mary E. Packer

El lunes, según relata Flora, después de un fuerte vendaval proveniente del suroeste, la barca terminó por partirse en dos, de proa a popa, y se perdió irremediablemente todo lo que tenían de carga y provisiones. Se hallaban en este punto en una situación comprometida. Habían tenido la suerte de salir ilesos del naufragio, pero ahora corrían riesgo de morir de hambre y sed por falta de provisiones. El capitán Holloway y su esposa estaban desolados, habían perdido lo que casi había sido su hogar durante ocho años. La única opción que les quedaba era tratar de alcanzar el punto poblado más cerca que tenían, el fuerte del Carmen, en la desembocadura del Río Negro, a unos 160 km al noreste del lugar en donde se hallaban. Cabe preguntarse si no estaban más cerca del puerto de la colonia galesa, el lugar que luego se conocería como Puerto Madryn. La realidad es que no. Si querían ir por mar tenían casi 200 km de viaje rodeando al península y entrando en el golfo Nuevo. Si querían ir por tierra era menos, pero de todas formas les jugaba en contra el desconocimiento del terreno y el temor a la presencia de los indios. El problema era la falta de medios para navegar en mar abierto hasta la desembocadura del Río Negro. Solo habían podido rescatar unos botes pequeños, así que el carpintero se puso manos a la obra, y agregando algunos tablones de madera a los lados del bote más grande, improvisó una precaria embarcación con la cual poder hacerse a la mar y buscar ayuda. El sábado 7 de noviembre a las 10 de la mañana, diez días después del accidente, zarparon el capitán Holloway, su esposa y otros nueve pasajeros, incluyendo la pequeña bebé. Sin embargo el viaje duró poco, a las 4 de la tarde el grupo estaba de vuelta en el lugar del naufragio. La improvisada embarcación hacía agua y estaba sobrecargada a tal punto que tuvieron que arrojar por la borda un barril de pan duro antes de decidir retornar.

Unos años antes de naufragar en la costa de la Península Valdés, la Mary E. Packer sufrió algún percance en un viaje entre San Francisco y puertos europeos, vía Cabo de Hornos, que la obligó a detenerse en Río de Janeiro. Fuente: California Wreck Register

Nueva partida y tensa espera

El domingo 8 de noviembre por fin pudo zarpar e internarse en el mar el improvisado bote. El despensero, su esposa y la bebé se quedaron en tierra, y en su lugar subieron dos marineros. El resto de los náufragos se quedó en el lugar del naufragio, viviendo en la tienda construida con las velas y restos de la Mary E. Packer. El relato de Flora deja traslucir los miedos, la ansiedad por el rescate, el temor por los que habían zarpado en busca de ayuda. El miedo a los indios, "los patagones, su aspecto fiero, su tamaño gigante", no dejaba dormir en paz a Flora (y seguramente a varios de los que esperaban allí). Los días pasaban con aburrimiento, no había demasiado que hacer, más que esperar y observar. El día 18 de noviembre vieron pasar un velero a lo lejos. Trataron de hacerle señas, improvisaron un mástil con un bandera, pero todo fue en vano. El velero pasó sin ver al grupo de náufragos olvidados en la península.

El paso de los días afectó las relaciones entre los náufragos, y el orden corrió peligro. Por un lado estaba el problema de la bebida. Si bien Flora y las otras mujeres se habían encargado de vaciar las botellas de licor, para prevenir inconvenientes, y los barriles de whisky del capitán se habían perdido, los marineros no tardaron en ingeniarse soluciones desesperadas, empleando bebidas medicinales, como el "Cherry Pectoral" (un remedio basado en opio... para niños) y "Florida Water", un agua de colonia. El primer oficial, el esposo de Flora, Mr. Foster, pudo mantener el orden no sin problemas, pero sin dudas supo manejar la situación al punto de que no hubo que lamentar incidentes graves

Propaganda de “Florida Water” correspondiente al año 1890. Seguramente el producto, y la estética, no difiere mucho de la que podría haberse hallado a bordo de la Mary E. Packer. Un agua de colonia que, en situaciones desesperadas, servía como sustituto de las bebidas alcohólicas. Fuente: Period Paper.



Rescate y final feliz

El rescate llegó finalmente el sábado 6 de diciembre, cuando a las 9 de la mañana llegó un barco a buscarlos, con el capitán Holloway al mando. Podemos intentar imaginar la alegría de ese grupo de náufragos que llevaba casi 40 días en la soledad de la costa patagónica, pero citando a Flora Foster, "hay momentos en los que las palabras no pueden expresar la emoción". Según les relata el capitán Holloway, después de tres días de navegación en el bote, con mal clima y lidiando con las entradas de agua, se toparon cerca de la desembocadura del Río negro con el bergantín Rosales, de la Armada Argentina. El encuentro del grupo liderado por el capitán Holloway con el bergantín Rosales fue registrado por un pasajero del barco argentino, que no era otro que Francisco P. Moreno, "el Perito". En sus memorias dejó el siguiente recuerdo:

El paraje en que nos encontrábamos era la Punta Norte, donde esos terribles remolinos son más peligrosos. Piedrabuena, en épocas anteriores, había perdido el palo mayor de su buque que fue arrastrado por uno de ellos, y en ese mismo punto, cerca de Valdés Creek que teníamos a la vista, en una noche de tempestad que hacía más veloces esas corrientes, se perdía, en 1874, la barca americana «Mary E. Packer», hermoso buque de 700 toneladas, parte de cuya tripulación recogimos el 11 de noviembre de ese año a bordo del «Rosales», cuando mi primer viaje a Santa Cruz.
Viaje a la Patagonia Austral (20 de octubre de 1876 a 8 de mayo de 1877)

Durante su estancia en lo que hoy es Carmen de Patagones, Holloway tuvo que esperar, con cierta desesperación, hasta conseguir un barco que viajase al sur. El bergantín Rosales no estaba en condiciones de zarpar nuevamente, y casi no había barcos disponibles. En Buenos Aires todavía se vivían los ecos finales de la llamada Revolución de 1874, y el gobierno nacional había requisado la mayoría de las embarcaciones para apoyo y acciones militares. Finalmente apareció un pequeño cúter, el White, que también pertenecía a Armada Argentina y acompañaba al bergantín Rosales. El White tenía capacidad para unas decenas de toneladas de carga, lo suficiente para que el capitán Holloway pudiese realizar el rescate del resto de los náufragos. Finalmente, y luego de unos días, el miércoles 9 de diciembre, a las 5 de la mañana, arribaron todos a Carmen de Patagones.

Así lucía la Mary E. Packer antes de su naufragio en las costas patagónicas. Esta imagen fue obtenida por cortesía del Mystic Seaport Museum (MSM Accession No. 1977.882.12), quienes amablemente me enviaron material luego de un contacto vía e-mail. Fuente: Mystic Seaport Museum.

Más de un siglo de olvidos

Una vez finalizada la odisea de los tripulantes de la barca Mary E. Packer, el incidente se olvidó rápidamente. El tiempo y, principalmente, la lejanía, ayudaron a olvidar lo sucedido. El lugar donde ocurrió, alejado de los centros urbanos y asentamientos de la zona, es un área protegida y está vedada para el acceso del turismo y el público en general. Además, el lugar del naufragio está completamente expuesto a los vientos y la furia del océano Atlántico, razón por la cual los restos de la barca fueron rápidamente diseminados y destruidos, ayudando en el proceso de olvido histórico. Recién hace pocos años, de la mano de algunos testimonios de los guardafaunas del Área Natural Protegida Península Valdés, empezó a salir a la luz nuevamente la historia de la Mary E. Packer. Aquí es donde aparece el equipo de investigación del Programa de Arqueología Subacuática (PROAS), del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (INAPL), quienes en el año 2013 realizaron un relevamiento de aquel sector de la costa en el marco de un proyecto de investigación más amplio. Los investigadores estudiaron a pie, durante tres días, las franjas intermareal y supramareal a lo largo de 10 km de costa entre Punta Bajos y Punta Norte, de acuerdo a la información suministrada oportunamente por los guardafaunas sobre la ubicación de los hallazgos. En total se localizaron 79 piezas de presumible origen náutico, principalmente fragmentos de chapa de aleación de cobre (probablemente correspondientes al recubrimiento de un casco de madera) y fragmentos de madera con orificios de clavazón y/o restos de clavos, pernos y cabillas. También se encontraron algunos segmentos de cable de acero trenzado, tramos de cadena y clavos de hierro. Cada uno de estos elementos fue georeferenciado mediante GPS, fotografiado y registrado en forma escrita. No se hallaron estructuras correspondientes a embarcaciones y los elementos encontrados son, en su gran mayoría, de pequeñas dimensiones (20 cm de longitud máxima en promedio). Su distribución a lo largo del sector de costa prospectado es bastante regular, aunque algunas zonas presentan mayor densidad que otras. Los materiales poseen características similares (dimensiones, forma y materia prima), y podrían corresponder a una embarcación de madera de tamaño mediano o grande construida entre fines del siglo XVIII y fines del XIX. Todo esto se ajusta, en gran medida, al naufragio de la Mary E. Packer.

Algunos de los restos hallados en la zona del naufragio, que podrían pertenecer a la Mary E. Packer. Fuente: PROAS - INAPL


Fin de la historia

Quizás no sea lo más apropiado hablar de un final de la historia, sino más bien de un nuevo comienzo. A partir de aquí, con el detallado relato de Flora A. Foster y las investigaciones realizadas en la actualidad por los investigadores del PROAS-INAPL, cabe esperarse que se vayan atando cabos y que se enriquezca la historia, no solo de este naufragio tan peculiar, sino de la región en sí. Una vez más, como de costumbre, la Patagonia nos revela algún secreto más, pero no completo, sino una parte, como para estimular nuestra imaginación y animarnos a seguir buscando las respuestas.


P.S.: Para la redacción de esta nota conté no solo con el material sino también con una mano en la revisión del texto por parte del Arq. Cristian Murray y la Dra. Mónica Grosso, del PROAS-INAPL. Quiero expresar por este medio mi agradecimiento por ponerme al tanto de esta fascinante historia tan poco conocida. También quiero agradecer la colaboración del Mystic Seaport Museum y el Connecticut Digital Archive, quiene amablemente contestaron todos mis correos y me proveyeron de material.


Nota del 12/Febrero/2019: Este artículo ha tenido una interesante repercusión, que llevó a que me hicieran una entrevista en el programa de Sergio Sarachu, Tarde Libre, por la AM550 de Neuquén. Fue una linda charla que comparto con ustedes a través de este enlace a la web de Tarde Libre.
Si no, también se puede escuchar la entrevista completa por aquí: https://radiocut.fm/audiocut/patricio-donato-la-vocacion-por-investigar-naufragios-historicos-en-la-patagonia/ 

Comentarios

  1. Muy bueno. Gracias por tus aportes. ¡¡


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    1. Gracias! Este artículo no sería ni la mitad si no fuese por todo lo que me ayudaron desde PROAS y desde el museo de Mystic (es más, quedó material sin procesar).

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  2. Un legado más para nuestra historia Patagónica, felicitaciones!!

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    1. Gracias Patricio. La Patagonia nos muestra cada día que hay miles de historias que están por contarse.

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  3. Excelente trabajo! Nuestra Patagonia tiene muchas historias olvidadas como ésta. Gracias por compartirla.

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    1. Gracias a vos por tu comentario Espacio y Luz. La Patagonia no ha contado ni la mitad de las historias que guarda. Saludos

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  4. Genial artículo, Patricio. La gente de PROAS es genial!!! A mí también me ayudaron muchísimo en su momento con el libro de la Swift!

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    1. ¡Gracias Cristian! Efectivamente, la gente de PROAS es muy macanuda y me han ayudado mucho con este tema. Ojala pronto pueda repetir algún otro artículo de este tipo. Abrazo, y gracias por comentar.

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