Preguntas para preguntarse en tiempos de cuarentena

En estos tiempos de cuarentena, donde la permanencia en casa se ha tornado un comportamiento de 24 horas, no he podido encontrar el tiempo suficiente para escribir. Curiosamente, una situación que a priori debería favorecer la escritura no lo hizo. El trabajar desde casa, en conjunto con las demandas y cuestiones propias de una familia con chicos, no me ha dejado suficiente tiempo útil. Quizás sí algo de tiempo libre, pero con la cabeza muy apabullada de cosas, con poca capacidad de atar cabos, redactar, analizar... en fin, lo que trato de hacer en este blog. Sin embargo, también toda esta cuestión de la cuarentena me ha disparado inquietudes de corte más científico, o quizás filosófico.

La linterna en el medio de la más profunda oscuridad es una metáfora de la búsqueda de respuestas a las millones de preguntas que aún no sabemos contestar. Nuestro conocimiento es apenas un haz de luz, acotado y dirigido, en un entorno de oscuridad absoluta. Fuente: Wallpaper Safari.



El coronavirus, apenas un poco de material genético cubierto con una capa de proteínas y lípidos, ha puesto en jaque a la Humanidad, provocando profundos trastornos sanitarios, sociales y económicos. En cuestión de semanas se ha puesto patas para arriba todo el mundo, hay una sensación de desconcierto muy grande, y un temor parcialmente fundado de que las cosas no volverán a ser como antes. Pero si volvemos a releer la oración con la que se inicia este párrafo la amenaza parece ridículamente insignificante: "un poco de material genético cubierto con una capa de proteínas y lípidos". Casi nada, algo que solo podemos observar con potentes microscopios y que parece estar en todos lados. A mi entender esto resalta la relativa insignificancia de nuestra especie, la única en el planeta que ha logrado dominar la naturaleza (léase entre comillas esto último), que ha cruzado las fronteras de los océanos y los cielos, alcanzando incluso otros mundos, y que ahora tambalea ante un poco de material genético que pulula de aquí para allá sin control.

Si repasamos la historia biológica de nuestro planeta, nos encontramos con grandes extinciones masivas de especies que ahora conocemos a través de las vitrinas de los museos y los estudios de los científicos. Una de estas extinciones, la de los dinosaurios, parece que se produjo por el impacto de un meteorito. Simplemente un pedazo de roca, grande, de una decena de kilómetros, bastó para condenar a la extinción a una gran porción de la fauna y flora que dominaba el planeta. Sea una roca o sea un porción microscópica de material genético, la naturaleza guarda numerosas amenazas y sorpresas en el camino evolutivo histórico.

A partir de estas ideas, y tomando una serie de enlaces que fui recopilando en los últimos meses, se me ocurrió armar esta nota para compartir con ustedes, para reflexionar o debatir en estos días de (larga) cuarentena. Los invito entonces a recorrer esta galería de inquietudes filosóficas, científicas e históricas, que ponen en perspectiva lo que sabemos y lo que somos como sociedad y como especie.

El conocimiento nos deja ver lo que ya sabemos, las formas conocidas, los árboles del bosque. Pero luego hay una niebla, que vuelve todo difuso e incierto. Más allá todo es desconocido, y justamente a ese lugar nos llevan las preguntas que no tienen respuesta. Fuente: Etsy.

¿Hubo otra civilización antes de la nuestra?

Reconozco que esta pregunta parece propia de alguno de los libros de Erich Von Daniken o de la serie Alienígenas Ancestrales, pero no me refiero estrictamente a esa visión alternativa (y ciertamente dudosa) de la historia. No me refiero a las piedras de Ica, una hábil estafa que alimentó historias sobre civilizaciones prehistóricas, sino a una pregunta más profunda: si en algún momento de la prehistoria hubo otra civilización en nuestro planeta, ¿podríamos comprobarlo? ¿Sería factible encontrar pruebas de una civilización industrial luego de 1, 2, 10 o 300 millones de años?

En un artículo publicado por el MIT Technology Review en 2018, titulado "If We Weren’t the First Industrial Civilization on Earth, Would We Ever Know?", se analiza esta posibilidad y la conclusión es que es muy difícil, por no decir imposible, verificar esta hipótesis. Aunque las huellas, la impronta de nuestra civilización en la Tierra parecen eternas, la realidad es que la gran mayoría de los artefactos y construcciones que hemos realizado desde los albores de la civilización, exceptuando un puñado de cosas, desaparecerían en un par de milenios sin dejar nada reconocible detrás. Según dicen los autores del artículo del MIT, la fracción de vida que se fosiliza es diminuta. Los dinosaurios vagaron por la Tierra durante unos 180 millones de años, y actualmente solo hemos encontrado unos pocos miles de especímenes casi completos. Los seres humanos modernos apenas ocupamos unas pocas decenas de miles de años en la historia de este planeta, así que pueden darse una idea de que la posibilidad de encontrar fósiles de nuestra civilización en el futuro lejano son irrisorias.
"Especies tan efímeras como el homo sapiens (hasta ahora) podrían no estar representadas en absoluto en el registro fósil existente" (Schmidt y Frank, MIT Technology Review).

Los artefactos elaborados por los humanos, desde carreteras y edificios hasta celulares y chips de silicio, no sobrevivirían mucho tiempo, y en el caso de que lo hiciesen sería casi imposible que sean hallados. Quien haya visto la serie que hace unos años realizó el canal Discovery, que en Argentina se conoció como "La Tierra sin humanos", habrá visto que en un lapso de tiempo de una decena de miles de años, apenas si se podrían distinguir algunas construcciones monumentales, como las pirámides de Gizeh o construcciones megalíticas como Stonehenge (Curiosamente, obras de las primeras sociedades humanas, claramente pre-industriales). Según los autores, el área actual de urbanización es menor del 1% de la superficie de la Tierra, lo cual también plantea un juego de encontrar la aguja en un pajar para los hipotéticos arqueólogos dentro de unos millones de años (sin contar que áreas que hoy están sobre el nivel del mar en algunas decenas de millones de años se encontrarán en el fondo del océano... y viceversa).
"Concluimos que para las potenciales civilizaciones de más de 4 millones de años, las posibilidades de encontrar pruebas directas de su existencia a través de objetos o ejemplos fosilizados de su población es pequeña" (Schmidt y Frank, MIT Technology Review).

Una forma bien gráfica de entender los cambios que sufrió, y sufrirá, la corteza terrestre con el paso del tiempo. En la web de The Dinosaur Database podemos encontrar esta aplicación que nos permite ver en que lugar estaba nuestra ciudad o región en diferentes instantes de la vida geológica del planeta. Por ejemplo, hace 90 millones de años, en pleno reinado de los dinosaurios, Puerto Madryn se hubiese encontrado debajo del agua. Imagínense todas las porciones de tierra que hoy yacen bajo los océanos y que algún día estuvieron sobre la superficie.


Los autores del artículo resaltan que, quizás, la forma más segura de detectar una civilización avanzada en tiempos prehistóricos, sería a través de la detección de rastros químicos acordes con una sociedad tecnológica e industrializada. Para poner en contexto, pensemos que la humanidad ha liberado grandes volúmenes de compuestos tóxicos y/o sintéticos en el medio ambiente, además de enormes volúmenes de plásticos. No esta muy claro por cuánto tiempo estos químicos o sus productos derivados serán detectables para un hipotético arqueólogo dentro de algunos millones de años.

Una guerra nuclear o una civilización fuertemente basada en la energía nuclear podrían dejar trazos detectables, pero la mayoría de éstos no durarían demasiado en términos geológicos, ya que la vida media de estos elementos radioactivos suelen ser demasiado cortas para perdurar en una escala temporal de millones de años. La excepción sería, según los autores del artículo, el plutonio-244, con una vida media de 80,8 millones de años, y el curio-247 con una vida media de 15 millones de años. Éstos podrían ser detectados durante un período de tiempo de varios millones de años si se depositasen en cantidades suficientes, como sería el caso, por ejemplo, de una guerra nuclear con armas basadas en estos elementos.


¿Un cometa pudo arrasar un asentamiento humano prehistórico?

Siguiendo la línea argumental del punto anterior, pero sin remontarnos millones de años, podemos ver las posibilidades (y dificultades) de rastrear un evento catastrófico que haya aniquilado parte de la población humana. Sabemos, por el registro fósil y diversas evidencias, que hace 65 millones de años un gran meteorito impactó en la superficie terrestre y provocó cambios drásticos que extinguieron a los dinosaurios que dominaban el planeta en aquel entonces. Pero no mucho más que eso, todavía hay lagunas oscuras en esta teoría y seguramente sufrirá cambios en el futuro. Si en vez de remontarnos tanto tiempo atrás, los hacemos solo una docena de miles de años, vamos a ver que es posible reconstruir eventos catastróficos similares (por su origen extraterrestre, pero no por magnitud) que aniquilaron rudimentarios poblados humanos de aquel entonces.

En 2019 se publicaron una serie de estudios que plantearon la idea de que hace 12.800 años un gran cometa se estrelló contra la Tierra. Tras explotar en la atmósfera, los fragmentos de ese cometa se dispersaron e impactaron en al menos una docena de lugares en varios continentes. Al parecer, según estos estudios, los fragmentos del cometa incendiaron cerca del 10% de la superficie del planeta, lo cual produjo un marcado enfriamiento del clima, conocido como Dryas Reciente (Younger Dryas). Un grupo de investigadores de la Universidad de California descubrió que uno de esos fragmentos cayó sobre un asentamiento humano en el norte de Siria, en un lugar que hoy en día se halla bajo las aguas de la presa de Taqba en el río Eufrates: Abu Hureya. Este sitio arqueológico es bien conocido por ser uno de los primeros lugares donde los antiguos pueblos nómadas se establecieron y cultivaron la tierra. En el sitio, mezclados con restos de grano, cereales y huesos de animales, los investigadores encontraron vidrio fundido. El vidrio se forma a temperaturas elevadas, del orden de 1500 ºC, lo cual parece no concordar con las temperaturas que eran capaces de conseguir los humanos en aquél momento. Basándose en esta evidencia vítrea, recolectada antes de que el lugar fuera inundado, estos investigadores sostienen que cayó uno de los fragmentos del cometa sobre Abu Hureya, arrasando a la población de aquel entonces. De ser así, estaríamos frente a la evidencia del primer lugar del planeta donde se aprecian los efectos directos de un impacto cósmico sobre un asentamiento humano.

Recreación artística de un impacto cometario. ¿Habrá sido algo así lo que arrasó parte del planeta hace casi 13.000 años? Fuente: Curiosmos.

 

¿Somos una simulación?

Esta idea quedo bien plasmada en el cine con la saga de Matrix, entre otras, pero en realidad se trata de una pregunta de raíces filosóficas que lleva decenas de años dando vueltas. Se la conoce como la hipótesis de simulación y plantea la posibilidad de que nada de lo que vivimos sea real y que solo seamos parte de una simulación que nos hace creer que es verdad. Un disparate, ¿no? Bueno, la verdad es que planteado así suena más a pseudociencias que a filosofía, pero tomándolo con un poco más de seriedad la pregunta es buena y conlleva a un debate inconcluso, ya que se presenta el dilema de como verificar la existencia o no de esta simulación. Si vivimos en una simulación, cualquier experimento que pensemos puede ser parte de la misma simulación.

Hay un experimento mental relacionado con esta hipótesis conocido como el experimento del cerebro en una cubeta, que pretende entender, en parte, nuestras ideas del conocimiento, la realidad, la verdad y la propia mente. Este experimento parte de la idea de que un científico podría sacar el cerebro de una persona de su cuerpo, introducirlo en una cubeta llena de un líquido que lo mantuviera vivo y conectar sus neuronas mediante cables a una supercomputadora que le proporcionaría impulsos eléctricos idénticos a los que recibe un cerebro en condiciones normales.

En su libro Introducción a la Epistemología Contemporánea, Jonathan Dancy plantea directamente la realidad en estos términos:
No sabemos que somos cerebros, flotando en el líquido contenido en una cubeta de laboratorio, conectados con un computador que nos provee de las experiencias que tenemos en cada momento y bajo el control de algún técnico/científico inteligente (o bondadoso, o malévolo, dependiendo de los gustos de cada cual). No lo podemos saber porque, en el caso de que lo fuéramos y si el científico tuviera éxito, nada en nuestra experiencia nos revelaría que lo somos. Por hipótesis, nuestras experiencias serían idénticas a las de algo que no fuera un cerebro en una cubeta. Dado que cada uno de nosotros sólo puede apelar a su propia experiencia, y como la experiencia es idéntica en cualquiera de las dos situaciones alternativas, nada hay que pueda revelar cuál de las situaciones es la que de hecho se da.

De acuerdo con estas teorías, la computadora estaría simulando una realidad virtual (incluyendo respuestas apropiadas a las interacciones del propio cerebro) y la persona a la que pertenece el cerebro continuaría teniendo experiencias completamente normales sin estar éstas sujetas a objetos o eventos del mundo real, sin llegar a tener nunca el usuario la certeza empírica de ello. Un dilema que pareciera no tener solución, o sea, en el fondo no puedo asegurar que haya escrito estas líneas o que en este momento mi cerebro repose en un recipiente lleno de cables y sea estimulado adecuadamente para que crea que está escribiendo.

Bueno, quizás no deba lucir así, pero si hablamos de cerebros en una cubeta... pues en internet podemos encontrar cosas como este viejo afiche de una película de terror, "The brain that wouldn't die". Fuente: Wikipedia.

 

 (Algunas de las) Cosas de la Física que no sabemos explicar

La ciencia no para de evolucionar, y las cosas que ayer eran un enigma hoy soy sabidas, pero en ese sendero de aprendizaje y conocimiento surgen nuevos enigmas que redoblan la apuesta y que deben ser resueltos por nuevas teorías superadoras. Este proceso se ha repetido ciclicamente en la historia de la ciencia, donde cada teoría explicaba los fenómenos conocidos hasta que se encontraba algo que no se podía explicar, lo cual daba lugar a la aparición de una nueva teoría superadora, que debía explicar lo mismo que la vieja más los nuevos fenómenos... y así ad infinitum.

Una de esas teorías que funciona muy bien pero que también muestra algunas fisuras es el denominado modelo estándar de la física de partículas. Hasta ahora es la mejor forma de explicar el universo, con la salvedad de exceptuar la fuerza de la gravedad, pues la relatividad general de Einstein no se lleva muy bien con ésta. Pero aún así, a pesar de los numerosos resultados experimentales que la validan, hay algunas cosas que simplemente se salen del modelo y se comportan como un verdadero rompecabezas. Aquí van algunas de ellas:

- Los neutrinos tienen masa pero el modelo estándar está formulado para que no la tengan. El problema es cómo incorporar esa masa de los neutrinos en el modelo estándar, pero como los neutrinos interaccionan tan poco con el resto de la materia aún no se ha podido determinar de qué manera incorporarlos.

- La materia oscura, que forma entre el 80% y el 85% del universo, no está incluida en el modelo estándar. El problema es que... no sabemos absolutamente nada de la materia oscura.

- Hablando de materia: ¿por qué hay tanta materia en el universo y casi nada de antimateria? Se supone que en los primeros tiempos del universo existía en cantidad más o menos igual de ambas.

- ¿Existe alguna partícula asociada a la fuerza de gravedad que transmita el efecto de la misma de un lado a otro?. El modelo estándar no explica la gravedad pero algunos físicos creen que una partícula subatómica, denominada gravitón, podría ser la responsable de su transmisión. En ese caso, habrá que hacerla "entrar" de alguna forma en el modelo estándar.

- ¿Por qué la expansión del universo se acelera en lugar de haberse frenado tras el Big Bang? Hay quienes opinan que se debe a la energía oscura, aunque no sabemos bien a ciencia cierta qué es esa energía. El modelo estándar no arroja luz en este asunto porque se trata de un fenómeno de naturaleza gravitacional, algo que tampoco termina de encajar en ese modelo.


El modelo estándar de partículas tal como lo conocemos ahora, donde todavía no encajan algunas cosas y nos llevan a pensar en nuevas teorías superadoras. Fuente: Science Alert.

¿Estamos solos en el Universo?

Según Arthur Clarke, la respuesta a esta pregunta admite solo dos opciones: que estemos solos en el Universo o que no... y ambas son aterradoras. Pero mientras no tengamos la respuesta definitiva lo único que podemos hacer es esperar y buscar. Más allá de los esfuerzos realizados por proyectos como SETI o similares, hay científicos que arrojan nuevas ideas sobre el tema, planteando esa búsqueda de inteligencia extraterrestre desde ángulos diferentes.

El astrofísico español Héctor Socas-Navarro, investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias, argumenta que una sociedad tecnológica extraterrestre debería tener una red de satélites artificiales alrededor del planeta o planetas que habitan. En nuestro caso los satélites cumplen una multitud de funciones, desde cuestiones de comunicaciones, radar, posicionamiento, meteorología, estudios científicos, etc. En particular hay una subclase de los casi 3.000 satélites que orbitan la Tierra que es particularmente interesante. Se trata de los casi 400 satélites geoestacionarios que giran alrededor del planeta a unos 35 km sobre el ecuador. Estos completan una órbita cada 24 horas, por lo que aparecen fijos en el cielo para un observador parado en la superficie terrestre. Este es el caso de los satélites de comunicaciones.

En un hipotético planeta habitado por una sociedad inteligente y tecnológicamente avanzada, que esté mucho más adelantada que la nuestra, podría ser orbitado por decenas de miles de satélites geoestacionarios. En ese caso, los astrónomos podrían detectar este anillo artificial de satélites cuando el planeta se interpone entre nosotros y su estrella anfitriona (lo que los astrónomos llaman tránsito). Si esto sucediera, el ocaso de la luz de las estrellas causado por el planeta sería precedido y luego seguido por una leve disminución provocada por su collar de satélites. Esto sería especialmente pronunciado si viéramos el collar de costado, lo cual bloquearía más la luz de las estrellas y, por lo tanto, sería más notable.

Otro enfoque de esta búsqueda es el que plantearon hace varios años los investigadores Jacob Haqq-Misraa y Ravi Kumar Kopparapu, del Pennsylvania State University. Ellos plantean que, aunque hasta ahora no hemos detectado ninguna señal que puede catalogarse como un mensaje extraterrestre, ellos podrían haber llegado a nuestro sistema solar hace rato. Con esto no me refiero a Von Daniken y sus dioses extraterrestres, sino a la posibilidad de que nos hayan visitado en el pasado (o incluso ahora mismo) usando sondas no tripuladas o NTAs (Non-Terrestrial Artifacts). Suponiendo que el tamaño más pequeño de un NTA interestelar sea de 1 a 10 metros (una especie de Voyager extraterrestre), es perfectamente posible que el Sistema Solar esté repleto de sondas alienígenas que hayan pasado desapercibidas. Según el análisis probabilístico de Haqq-Misraa y Kumar Kopparapu, encontrar un NTA en el Sistema Solar sería como encontrar una aguja en un pajar... un pajar con mil toneladas de paja. Pero no es lo mismo buscar un artefacto extraterrestre en la Tierra que en Júpiter, por ejemplo. Teniendo esto en cuenta, los autores concluyen que la probabilidad de la existencia de algún NTA en la superficie terrestre debe ser inferior al 25%. En el caso de la Luna, la probabilidad de que exista un NTA es ligeramente superior, aunque sigue siendo inferior al 35%. Esta cifra puede sorprendernos por ser bastante baja, pero no olvidemos que conocemos la superficie lunar bastante bien en comparación con algunas regiones de los fondos oceánicos terrestres, especialmente después de misiones como LRO o Kaguya. En todo caso, bien es cierto que no hemos tenido en cuenta la posibilidad de que existan objetos enterrados, como los monolitos de la película 2001: Una odisea en el espacio. En el caso de Marte, la probabilidad de la existencia de NTAs superficiales se estima en un 50% gracias al trabajo de las numerosas sondas que han cartografiado su superficie. Teniendo en cuenta lo mucho que nos queda por explorar, lo cierto es que son probabilidades bastante bajas. Pero si nos alejamos de los planetas interiores la cosa cambia dramáticamente. El cinturón de asteroides o el cinturón de Kuiper podrían estar repletos de NTAs de 1-10 metros de diámetro y no nos daríamos cuenta.

Si no nos gustan estos enfoques de búsqueda de inteligencia extraterrestre puede que se deba a que mejor que no nos encontremos con ellos, tal como piensa el científico ruso Alexander Berezin, quien sostiene que civilizaciones muy avanzadas "arrasarían" a otras menos desarrolladas en su expansión por la galaxia. Les dejo un resumen de sus ideas para que divaguen un rato por ese lado.

Cubierta de aluminio y oro que protege a los discos "Sounds of Earth" de las sondas Voyager. Su objetivo es proteger a los discos del bombardeo de micrometeoritos, pero también cumple el doble propósito de servir de guía para el hipotético alien que desease reproducir el disco. ¿Habrá algo similar perdido en nuestro Sistema Solar, esperando ser encontrado por los arqueoastronautas del futuro? Fuente: NASA on the Commons.


Conclusiones

Se me hace difícil escribir conclusiones de tantos temas diferentes. De hecho cada uno de ellos merece un artículo, o un libro completo, por si mismo. Así que mi mejor conclusión es que reflexionen sobre estos temas y que sigan acompañando a este blog, que entre aciertos y errores se acerca de a poco a su 10º cumpleaños (falta poco más de un mes). Gracias, como siempre, por estar ahí, del otro lado de la pantalla del monitor (o celular, da lo mismo). Hasta la próxima.

Según Douglas Adams, en su libro The Hitchhiker's Guide to the Galaxy (Guía del Viajero Intergaláctico), el número 42 es el sentido de la vida, el universo y todo lo demás. Quien sabe, quizás debamos indagar por ese lado. Fuente: Wallpaper Flare.

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