domingo, 28 de septiembre de 2014

La antibiblioteca y la historia del buen brahmín

Hace un par de semanas que estoy transitando unos de esos picos de actividad, tanto en el trabajo como en el ámbito familiar, que se escapan de lo normal. Tengo en mente tres artículos que se pelean por captar toda mi atención, pero no tengo ni el tiempo ni la cabeza despejada como para trabajar en ellos. Esto me ha llevado, con los razonamientos ilógicos e inexplicables de la mente, a recordar dos cosas que quiero compartir. Una es la metáfora de la antibiblioteca que menciona Nassim Nicholas Taleb en su libro El Cisne Negro:
El escritor Umberto Eco pertenece a esa reducida clase de eruditos que son enciclopédicos, perspicaces y amenos. Posee una extensa biblioteca personal (con más de treinta mil libros), y divide a los visitante en dos categorías aquellos que reaccionan con un “¡Oh! Signore professore dottore Eco, ¡vaya biblioteca tiene usted! ¿Cuántos libros de éstos ha leído?”, y los demás – una minoría muy reducida -. que saben que una biblioteca privada no es un apéndice para estimular el ego, sino una herramienta para la investigación. Los libros leídos tienen mucho menos valor que los no leídos.

En los días en los cuales me hallaba embarcado en la redacción de mi tesis doctoral, con todo lo que ello significa (estrés, la sensación de haber malgastado cuatro años de tu vida, agotamiento, etc.) tuve una idea parecida. En aquel entonces aprendí que una vez obtenido el grado de Doctor nos queda un bonito libro encuadernado y prolijo que llamamos tesis y que es elogiado por diferentes personas. Sin embargo, existe otro libro, que jamás escribiremos, y que seguramente sería más voluminoso, que debería contener todas aquellas cosas que hicimos en el curso de la investigación y que no sirvieron para nada, que estaban mal, o que simplemente eran divagues innecesarios. En el proceso de generación de conocimiento hay una cadena de errores y fallos inevitables... e imprescindibles.

Un estante de mi biblioteca representa apenas un porción insignificante del saber humano, y éste a su vez es una fracción infinitesimal de todo el conocimiento que comprende al funcionamiento del Universo y el Tiempo.

Pues bien, luego de evocar la antibiblioteca de Taleb (y mi más humilde "no-tesis"), recordé un texto muy breve pero absolutamente genial, del filósofo y escritor francés François Marie Arouet, más conocido como Voltaire. Se trata de la "Historia de un buen Brahmín", que paso a reproducir a continuación:


En el curso de mis viajes tropecé con un viejo brahmín, hombre de muy buen juicio, lleno de ingenio y muy sabio; además, era rico, y por lo tanto su juicio era aún mejor; porque como no le faltaba nada, no necesitaba engañar a nadie. Su familia estaba muy bien gobernada por tres hermosas mujeres que se esforzaban por complacerle; y cuando no se distraía con sus mujeres, se ocupaba de filosofar. 
Cerca de su casa, que era hermosa, bien adornada y con jardines encantadores, una vieja india, beata, imbécil y bastante pobre.  
Cierto día el brahmín me dijo:
- Quisiera no haber nacido.  
Le pregunté por qué, y me respondió:
- Hace cuarenta años que estudio, y son cuarenta años perdidos; enseño a los demás y yo lo ignoro todo: esta situación hace que mi alma se sienta tan humillada y asqueada que la vida me resulta insoportable. He nacido, vivo en el tiempo, y no sé lo qué es el tiempo; me hallo en un punto entre dos eternidades, como dicen nuestros sabios, y no tengo idea de la eternidad. Estoy compuesto de materia; pienso, y nunca he podido averiguar la causa del pensamiento; ignoro si mi entendimiento es en mi una simple facultad, como la de andar y digerir, y si pienso con mi cabeza lo mismo que palpo con mis manos. No solamente ignoro el principio de mis pensamientos, si no que incluso el principio de mis movimientos me es igualmente ignorado: no sé porqué existo. Sin embargo, todos los días me hacen preguntas sobre todos estos puntos; y como tengo que responder con precisión y no sé que decir, hablo mucho, y después de haber hablado me quedo avergonzado y confuso de mí mismo.  
Lo peor es cuando me preguntan si Brahma fue producido por Visnú o si los dos son eternos. Dios es testigo de que no sé ni una palabra de todo esto, y bien se echa de ver en mis respuestas. "¡Ah, reverendo Padre! (me dicen), explicadnos cómo el mal inunda la tierra entera". Mi ignorancia es igual a la de los que me formulan esta pregunta: a veces les digo que en el mundo todo va del mejor modo posible; pero los que se han arruinado o han sido mutilados no me creen, y yo tampoco me lo creo; me retiro a mi casa abrumado por mi curiosidad e ignorancia. Leo nuestros libros antiguos, y ellos espesan todavía más mis tinieblas. Hablo con mis compañeros: unos me aconsejan que disfrute de la vida y me ría de la gente; otros creen que saben algo y se pierden en ideas extravagantes, todo aumenta el sentimiento doloroso que experimento. A veces estoy a punto de desesperarme cuando pienso que, después de tanto estudiar, no sé ni de donde vengo, ni lo qué soy, ni adónde iré, ni qué será de mí.  
El estado de este buen hombre me causó verdadera pena: nadie era más razonable ni más sincero que él. Comprendí que cuantos más conocimientos tenía en su cabeza y más sensibilidad en su corazón, más desgraciado era. 
Aquel mismo día visité a la vieja que vivía cerca de su casa, y le pregunté si alguna vez se había sentido afligida por no saber qué era su alma. Ella ni siquiera entendió mi pregunta: en toda su vida nunca había reflexionado ni un momento acerca de una sola de las cuestiones que tanto atormentaban al buen brahmín; creía con toda su alma en las metamorfosis de Visnú, y con tal de poder tener de vez en cuando agua del Ganges para lavarse, se consideraba la más feliz de las mujeres. 
Impresionado por la felicidad de esta pobre mujer, me volví a visitar a mi filósofo y le dije:
- ¿No tenéis vergüenza de vuestra desdicha, cuando a vuestra puerta hay una vieja autómata que en nada piensa y vive contentísima?
- Razón tenéis – me respondió -, cien veces me tengo dicho que yo sería muy feliz si fuera tan necio como mi vecina, y sin embargo no quisiera semejante felicidad.  
Esta respuesta de mi Brahmín me produjo mayor impresión que todo lo demás; me examine a mí mismo y vi que en efecto no quisiera ser feliz a condición de ser un imbécil.
Propuse el dilema a varios filósofos, y todos fueron de mi parecer.
- Y no obstante - decía yo -, hay una escandalosa contradicción en esta manera de pensar; porque, al fin y al cabo, ¿de qué se trata? De ser feliz. ¿Qué importa tener talento o ser necio? Todavía hay más: los que viven satisfechos de cómo son, están muy seguros de estar satisfechos; y los que razonan, no están tan seguros de razonar bien. Esta, pues, bien claro - decía yo - que habría que aspirar a no tener sentido común, por poco que este sentido común contribuya a nuestra infelicidad.  
Todos fueron de mi mismo parecer, pero no encontré a nadie que quisiera aceptar el trato de convertirse en imbécil para vivir contento. De lo cual deduje que, aunque apreciamos mucho la felicidad, aún apreciamos más la razón.  
Pero, después de haber reflexionado sobre el asunto, me parece que preferir la razón a la felicidad es ser muy insensato. ¿Cómo, pues, puede explicarse esta contradicción? Cómo todas las demás. Hay aquí materia para hablar muchísimo.

Como concluye Voltaire, hay mucho para debatir aquí, pero en este momento mis palabras sobran. Los dejo reflexionar, y espero volver con material nuevo en cuanto pueda despejar un poco mi cabeza. Hasta luego.

No hay comentarios:

Publicar un comentario