Relatos de viejas tranqueras

El viajero que recorre la Patagonia profunda, al adentrarse por los caminos rurales y apartarse de las rutas nacionales y provinciales, incluso de aquellas que son de de ripio y poco transitadas, se encuentra con inesperados hitos del camino que no acostumbra a ver en la vida cotidiana de las ciudades y rutas de asfalto: las tranqueras. Éstas no son ni más ni menos que barreras, la mayoría de las veces de construcción muy artesanal, que se instalan en los caminos rurales para controlar el acceso a propiedades o campos, permitiendo el paso de vehículos y evitando que se escape el ganado. A simple vista no parecen ser un obstáculo mayor, pero su apariencia engaña, porque el viajero poco experimentado suele renegar un rato con estos rústico portales.

Una solitaria tranquera de caño en el medio del paisaje patagónico, que se resiste a aceptar que el alambrado ya no existe más (Cerro Avanzado, enero de 2024).


Uno de los recuerdos que tengo de mi niñez, al viajar a los campos de Telsen o Talagapa, era que en algún momento había que abrir y cerrar una tranquera, y cada tanto mi padre me mandaba a mí a hacer la maniobra. Cuando la tranquera era de madera y metal, con herrajes, la operación era bastante simple. Al fin y al cabo, no es muy diferente a un portón de un garage. Pero cuando se trataba de una tranquera de alambre, la cosa se complicaba. Abrirla no era problema, pero cerrarla era otro tema. No había dos que cierren igual. La historia se repetía casi sin variaciones: yo bajaba a abrir la tranquera, mi papá pasaba con la camioneta, yo me pasaba 2 o 3 minutos tratando de cerrarlas, sin lograrlo, y finalmente iba a pedirle a mi papá que la cierre él o directamente él se bajaba funfurruñando y la cerraba es un santiamén.

Un ejemplo de como luce una de estas tranqueras de alambre. Fuente: Flickr Srzerega.


En el libro La Patagonia de Chatwin, de Adrián Giménez Hutton, hay una parte en la que el autor evoca un recorrido por los lagos de la zona de Río Pico, donde experimenta en forma personal la apertura y cierre de tranqueras. Leer ese párrafo de texto trajo un montón de imágenes y sensaciones de aquellos viajes de antaño, y no pude hacer otra cosa más que coincidir con cada afirmación del autor. Pero mejor dejo que lo relate él mismo:

Entre Río Pico y Las Pampas hay cinco lagos pequeños: no se los conoce por sus nombres sino por números. Tomamos por el camino que conduce al Lago Nº3 y después de varios kilómetros, por una huella que salía a la derecha, difícil de transitar, que cada tanto se dividía en muchas direcciones y no dejaba muy en claro por dónde seguir. Cruzamos muchas tranqueras, lo que hizo más lenta nuestra marcha. Cada tranquera que se interpone en nuestro camino es un aprendizaje que no concluye allí sino que se reinicia en la siguiente. Todas las tranqueras —y excluyo de este universo a las que tienen un armazón y bisagras que son asimilables a los portones— responden a un mismo patrón de diseño y funcionamiento: tres hileras de alambre atadas a una cantidad de palos que no están clavados al suelo, rematadas en un triángulo de alambre por el que se pasa otro palo con el que se hace palanca contra un poste hasta que la tranquera queda bien estirada y entonces se traba el palo de tensión con un alambre dispuesto al efecto o contra el mismo alambrado que sigue al poste. Sin embargo, no existen en el mundo dos tranqueras iguales ni tampoco una que pueda funcionar al menos dos veces de la misma manera. Hay que considerar también que a cada apertura sobreviene un cierre inmediato, ceremonia que se repetirá en el camino de regreso. Algunas son de una complejidad extrema, otras han sido estiradas por seres de una fuerza sobrenatural y una vez que se consigue desengancharlas hay que dejar una parte de la vida tratando de volver a estirar esos alambres que perdieron no menos de un metro de longitud; las hay en medio de barriales o de lagunitas, y como es de toda lógica en un elemento que cumple las funciones de una puerta, nunca falta alguna con candado. Esta cuestión, en términos de varias decenas de tranqueras por día, no es un tema menor.
 
Pintura "Tranquera de alambre", de Rodolfo Ramos. Fuente: Twitter.

El relato de Adrián Giménez Hutton es, como dije antes, fiel a lo que fueron mis propias experiencias con esas tranqueras de alambre. Si pensamos que en un trayecto de algunas decenas de kilómetros podemos encontrar 5 o 6 de estos artilugios, nos podemos dar una idea de que puede ser un poco incordioso, y que cada tranquera es algo así como un desafío nuevo. Pero esto era mucho peor años atrás, a principios del siglo XX, donde los caminos, a falta de guardaganados, estaban plagados de estas tranqueras. Si no me creen, los invito a leer este relato de que se sitúa en el año 1918:

En los primeros días del año 1918, quedó establecido un récord de velocidad que permaneció por muchos años sin ser mejorado. Se trataba del tiempo empleado en cubrir la distancia entre Trelew y C. Rivadavia, en que las mensajerías de la época demoraban tres días  en realizarlo, ya que partiendo de Rawson o Trelew a las 07,00 a.m se hacía la primera etapa en Cabo Raso donde se llegaba a las 07,00 p.m. Al día siguiente se salía a la misma hora (07,00 a.m) para llegar a Malaspina a las 07,00 p.m., donde se hacía noche. La tercera jornada se emprendía las 07,00 a.m para llegar a Comodoro Rivadavia a las 07,00 p.m. El camino que existía era varios kilómetros más largo que el de la Ruta 3 actual y era conocido como " el camino de la costa ". Lo más penoso del caso es que, por atravesar varios campos y estancias y no existir los guardaganados conocidos luego, se debían abrir y cerrar alrededor de ¡¡ 100 TRANQUERAS !!, la mayoría de las cuales de muy difícil cierre y por consiguiente causantes de mucho tiempo en su atención.
El caso es que se presentó en la Compañía Mercantil del Chubut, un problema en la sucursal de Comodoro que exigía urgencia en su atención, razón por la cual la Gerencia General comisionó al señor Henry E. Jones para que se trasladase de inmediato a la sucursal precitada en cumplimiento de una misión sumamente delicada. Para ello se recurrió a un automóvil Ford T. preparado para competencias automovilísticas y que bien pronto, al ganar las carreras en que intervino, se lo conoció por el nombre de "Gran Siete", por ser siete el número de su patente municipal. Como conductor de ese coche iba el señor Roberto Saller, el norteamericano que se había contratado como Jefe del Garage de la Compañía, quien como lo demostró después en varias ocasiones, era tan buen volante como experto mecánico. Viajando en forma continuada y sin descansar arribaron a C. Rivadavia en poco menos de 20 horas, lo que representaba una verdadera hazaña para aquellos años, en que los caminos eran una seguidilla sin fin de curvas y contracurvas con el agravante de la gran cantidad de pozos que existían provocados por los huellones dejados por las tropas de carros y de tener que abrir y cerrar las tranqueras existentes. No menos meritoria y sacrificada fue la labor cumplida por el acompañante, quien cercano a los 50 años de edad y no siendo del oficio, debió ocuparse de esta agotadora tarea con las tranqueras, la mayoría de las cuales eran de difícil cierre por el mal estado en que se encontraban, todo ello realizado lo más rápidamente posible con el fin de llegar cuanto antes a destino.

Extracto del libro: "Trelew, un desafío patagónico" de M.H. Jones.

 

Los guardaganados (también conocidos como Paso Canadiense) fueron la solución al problema de las tranqueras en los caminos provinciales. Es común hallarlos en toda la Patagonia (empalme de la RP42 con la RP2, en Chubut).

Este tema de las tranqueras me trae recuerdos de mi niñez y siempre lo evoco al leer historias relacionadas con el campo o cuando cuento alguna anécdotas de esa etapa de mi vida. Ustedes, estimados seguidores del blog, ¿han experimentado estas situaciones en forma personal? ¿qué tal se les da la maniobra de las tranqueras de alambre? Espero que mejor que a mi, hace muchos años que no abro una de esas, y siempre que me aparto de los caminos principales pienso que puede aparecer una y voy a tener que ingeniármelas para ver como cerrarla. Los dejo pensando en esta pequeña anécdota de campo patagónico mientras voy cerrando la tranquera de esta nota y recorro el camino hasta la próxima. Nos vemos allá, abriendo la tranquera, sea de alambre o de madera.

Pintura que muestra como se manipula la tranquera de alambre para su apertura/cierre. El autor es Alejandro Arnutti. Fuente: Twitter.


Reflexión al margen: Hay una variante adicional en la familia de las tranqueras, que son aquellas que cuentan con un accesorio de bloqueo, o dicho en criollo, un candado. Esas tienen una connotación negativa, ya que implican que el viaje llegó a su fin y que es hora de dar la vuelta, dejando envuelto en un halo de misterio lo que está del otro lado de la tranquera. Ni que hablar cuando esa tranquera con candado corta el paso de alguna playa, en donde se nos priva de acceder a algo que es de domino público, como es el caso de la costa. Ejemplos sobran, como ya he mencionado en este blog (Caleta Hornos, y por un tiempo, Bahía Cracker), y espero que en los años por venir vayan abriéndose, como debería haber sido desde el principio.
 
Otra pintura de Rodolfo Ramos, titulada "Tranquera de alambre", donde se ve al gaucho cerrando una de estas tranqueras. Fuente: Twitter (fotografía modificada con un filtro).
 

Comentarios

  1. Muy bueno y muy cierto!!!! Y ni hablar de la tranquera que con el propio paso del tiempo se estropea y la madera se arquea y reseca generando mas complicación al cierre de la misma.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por tu certero comentario, el envejecimiento de estas tranqueras dificulta aún más su cierre, agregándole un punto más de dificultad para el novato. Saludos

      Eliminar

Publicar un comentario